El tiempo no pasa igual para todos

Nací en medio de nada y crecí en medio de todo. Nací caro, jamás quise coches baratos. Debemos preguntarnos por qué cada uno es como es, por qué hay personas especiales, personas que son diferentes. El tiempo no pasa de la misma manera para todos.

Desde pequeño siempre supe que era diferente. Mis amigos siempre eran más altos y fuertes que yo, mi vocabulario parecía infantil cuando lo comparaba con el suyo. Ellos montaban en bicicletas sin ruedines, mientras que yo ni siquiera sabía pedalear. Cuando teníamos ocho años, ellos ya tenían una chica a la que besaban. Nunca llegué a entender muy bien ese tema. Yo me quedé aislado. Observaba cómo mis amigos se mataban con el coche mientras yo me rajaba la piel saltando paredes o muros. Me parecía que el suelo se agrietaba, las paredes se abrían, las latas de esa marca roja se disipaban, el sofá se volvía incómodo. Mi madre murió y mi padre, bueno, a él ni le conocí. Estaba solo en esa casa ruidosa, en la que todo crujía, ni siquiera me acordaba del nombre de mis vecinos. Cada vez me sentía más solo, aunque ya no tendría esa carga de ver cómo me observaba mi madre. Me empecé a preguntar el porqué de lo que me estaba pasando, el porqué de todo…

Después las chicas comenzaron a acercarse más. Yo sentía la necesidad de estar con ellas y ellas conmigo. Pasado un tiempo comprendí el porqué de esa reacción. A ellas siempre le gustan los grandes, no de físico, sino de mente, o quizás mi BMW. No lo sé. No aguantaba hablar con los de mi edad, perdón, con los de mi curso, sus palabras vacías parecían piedras que chocaban contra mi mente. Yo pasaba de ellos. Siempre me sentaba en el parque a observar a los niños pequeños. Parecía que ya hubiese vivido una vida entera. Recuerdo a aquella chica, sí, esa chica que ahora, pasados los años, me reconoce en el parque. La recordaba morena, pero ahora no era así… Su cara parece asustada al verme. Desde ese día ya no me relacioné más con chicas, puesto que luego siempre pensaba en que nada sería como era antes. Pensaba que era inmortal, pero me equivoqué. Sangraba como cualquiera. Quizá lo mío fuera una enfermedad o quizá no. Me convertí en un vigilante solitario que vigila una costa en la que nunca pasa nada.

Observaba a los niños pequeños, daría lo que fuera por ser otra vez como ellos, aunque ya lo fui, quizá demasiado tiempo. Un día, encontré en un libro por sorpresa una nota de mi madre en la que me explicaba todo. Comprendí por qué jamás conocí a mi padre. No es una mala historia.

Viajé a Asia porque pensé que allí la gente es diferente, que actúa de otra forma. Parecía que ya había vivido toda una vida, como ese niño que tan sólo tiene ocho años y es más sabio que cualquiera de veinte. Allí en Asia relacioné la teoría de la relatividad con todo mi problema o quizá virtud… Para mí, el tiempo pasaba mucho, muchísimo más lento, como la tortuga que compite contra el conejo. Soy como un glaciar al que sólo puedes ver la cima. Observaba toda esa pobreza, y, de repente, los pantalones me quedaban grandes, pensé que sería por la falta de alimento, pero no era así, mis piernas se estilizaban, mis brazos eran muchos más fuertes, ahora tenía pelo, pelo por todos lados.

Pensé en que de pequeño pude caerme en la fuente de la vida eterna, pues no sólo el tiempo pasaba más lento, sino que también volvía hacia atrás. Es la primera vez que escribo “atrás en el tiempo” y lo espeluznante es que es cierto. El tiempo es como un hilo que se enrolla y se desenrolla sin límite. Tú, el que está leyendo esto, piensas que el infinito es aquello que dura siempre, aquello que no tiene fin. Has acertado. Espero que te guste este pequeño relato que escribí ayer, o ¿era anteayer? Bueno, mientras me decido, tú ya te habrás quedado impresionado.

Victoriano Romo Castillo
(Este relato ganó el primer premio en el concurso literario 2016)

El bosque

Diez años. Diez años han pasado ya. Y aun así lo sigo recordando como si fuera ayer. Un paso, dos pasos, tres pasos. Un único objetivo, desaparecer, no dejar rastro, que nadie se acordase de mí. Un paso, dos pasos, tres pasos. Vuelvo al mismo lugar. Miro a mi alrededor. Suspiro. Ella no volverá a mí. Cobarde. Me repetí tanto esa palabra. Tanta gente me repitió esa palabra. Terminé por creérmelo. Miro hacia abajo. Suspiro. Por un momento les di la razón. Hace frío. El mismo frío. Yo no sentía nada. Hubiera dado lo que fuera por sentir algo, aunque solo fuera dolor físico. Solo necesitaba sentir algo. Un año más de vida a mis espaldas. Un año más sin haber vivido nada. Miro hacia abajo. Suspiro. Ellos me llevaron a esta situación, pienso. Al instante me retracto. Yo fui el único culpable. Yo, yo y yo. Por no ser fuerte. Por no ser valiente. Llevo mi mano hacia el hombro. Recorro con los dedos la cicatriz, al mismo tiempo que recuerdo por qué está ahí ahora. El brillo del filo. La sangre en mis manos. Los médicos a mi alrededor.

Está muerta. Esa chica está muerta. Él la ha matado. No sé quién es. No sé por qué, pero él la ha matado. A mis catorce años, he presenciado un asesinato. Corro. Corro todo lo rápido que puedo. Dejo atrás el pueblo y me adentro sin saberlo en el bosque. Sigo corriendo, hasta que me falta el aire. No me he dado cuenta de que ya me alejado lo suficiente de él. De ella. De su mirada asustada gritándome en silencio ayuda. Caigo de rodillas al suelo. Un caudal de lágrimas ruedan por mis ojos estrellándose contra la hierba. Los sollozos sacuden mi cuerpo. No la he ayudado. He dejado que muera sola en un sucio callejón. Cobarde. Cobarde. Cobarde. Oigo un ruido. Giro la cabeza. Nada. Vuelvo a oírlo. Un crujido. Una rama se ha roto. Me levanto, aún con los ojos enrojecidos. Noto cómo alguien me observa. Camino más hacia delante con el objetivo de eliminar esa sensación de mi cuerpo. No obstante, cada vez se hace más fuerte. Hasta que le veo. Es él. Su asesino. Sabe que le he visto. Estaba escondido detrás de unos árboles. Ahora está saliendo y se dirige hacia mí. Intento escapar pero es más rápido que yo. Me coge del cuello y me empuja contra un árbol. Lleva su mano al bolsillo y saca una navaja. Siento la afilada hoja arañándome el cuello. Intento resistirme, forcejeo todo lo que puedo, pero al final acaba hundiéndose en mi hombro. Me deslizo apoyado en el tronco hasta llegar al suelo. Llevo las manos hacia la herida, intentando detener la sangre mientras observo cómo se aleja. Vuelve la cabeza en el último momento antes de desaparecer. No dice nada, pero lo dice todo. Si me voy de la lengua, terminará el trabajo.

Con el último resquicio de fuerza que me quedaba, conseguí levantarme. Con pasos tambaleantes me dirigí de nuevo al pueblo. No sé ni cómo logré llegar al hospital. Me atendieron rápido. Me cosieron y taparon la incisión. Me preguntaron qué pasó. Comencé a llorar. No me importó la amenaza implícita que había recibido antes. Lo conté todo. No encontraron su cuerpo. Tampoco a su asesino. La gente comenzó a mirarme mal. Los papeles cambiaron. De víctima pasé a ser culpable. Cobarde. Cobarde. Cobarde. Solo escuchaba esa palabra. Cobarde. Debí haberla ayudado. Miro hacia abajo. Suspiro. Qué cerca estuve. No soportaba la situación. La culpa me carcomía por dentro. Aquel día no pude más. Me dirigí de nuevo hacia el bosque. Era de noche. Estaba oscuro. Apenas podía ver, pero me era indiferente. Era el único lugar en el que podía disfrutar de la soledad que siempre odié y que en ese momento tanto anhelaba. Caminé tanto. La frondosa arboleda desapareció dejando paso a un precipicio. Me siento en el borde. El mismo borde. Veo el vacío. El mismo vacío. Tenía que hacerlo. Solo así estaría en paz. Solo así nadie tendría que sufrir mi presencia. Ni siquiera yo mismo. Solo tenía que deslizarme un poco. Solo un poco más y todo el mundo disfrutaría de mi ausencia. Pero me quedé quieto. No podía moverme. Sentí una mano en mi hombro.

Me di la vuelta, solo para comprobar que no eran imaginaciones mías. Me quedé sin respiración. Ante mí, una chica. De unos diez años. Con los ojos más bonitos que nunca vi. Una mezcla de verde y marrón que los hacía únicos.Me saludó, con una sonrisa triste. No esperó a que le contestase. Se sentó a mi lado. Era incapaz de hablar. Me parecía tan familiar. Volvió a mirarme. La reconocí. Era ella. Era ella. ¿Cómo podía ser posible? Yo la vi morir. Se acercó. Se acercó más a mí. Sus dedos se posaron en mis mejillas, limpiando las lágrimas que bañaban mi cara. Se pegó. Se pegó más a mí. Aproximó su boca a mi oído y, con un susurro, me dijo “No es tu culpa”. “No fue tu culpa”. Se separó. Fue separándose poco a poco de mí y me habló. Me habló otra vez. “No lo hagas”, me dijo. “Por favor, no lo hagas”. Se levantó. Extendió su mano. No quería que lo hiciera. No quería que desapareciera. Como si de un acto reflejo se tratara, la cogí. Cogí su mano, que me ayudó a levantarme. Comenzó a caminar hacia el bosque. La seguí. Caminé junto a ella, casi chocando nuestros hombros. Sin darme cuenta, entrelazó nuestros dedos. Miré nuestras manos y ella volvió a ofrecerme esa sonrisa triste. Yo era el causante de esa tristeza, pensé. Tristeza por haberse ido de este mundo demasiado pronto. Apretó mi mano. Me miró y sacudió la cabeza. Lo entendí. Quería que dejara de pensar en eso. No fue mi culpa, me decían sus ojos. Llegamos a la entrada del bosque. Se paró. Volvió a dirigir su mirada hacia mí. Volvió a sonreírme y… se desvaneció. Como si fuera polvo. Se desvaneció.¿Me lo había imaginado? ¿No había sido real? ¿Fue un espíritu? Miré a mi alrededor. Nada. Lo comprendí. Estaba muerta. Seguía muerta.

Cada año vuelvo aquí. Cada año vuelvo esperando verla. Cada año vuelvo esperando sentir porque, por un momento, sentí. Cuando me miró, sentí. Cuando me sonrió, sentí. Cuando su mano se posó sobre la mía, sentí. Desapareció y dejé de sentir. Me quitó la pesada carga de la culpa, pero me dio otra mayor. La del vacío. Diez años. Diez años con un hueco enorme en el corazón. Miro hacia abajo. Suspiro. Una lágrima se desliza por uno de mis pómulos. Me sorprendo. Hace diez años que no lloro. Me tenso. Me paralizo. Siento una mano en mi hombro. No es posible, pienso. No es posible. Giro la cabeza. Está ahí. Ella está ahí. Y, como aquel día, soy incapaz de hablar. Y, como aquel día, se acerca a mí. Y, como aquel día, limpia mis lágrimas. Aproxima su boca a mi oído y, con un susurro, me dice “No vengas más aquí”. Lleva su mano al lugar donde se sitúa mi corazón y me dice “Siempre estaré ahí”. Me extiende su mano y yo la cojo, otra vez.Nos dirigimos al bosque. Llegamos a la entrada. Sé lo que pasará ahora. Desaparecerá. Me mira. La miro. Me sonríe. Le sonrío. Ya no hay rastro de tristeza, solo de felicidad. Y… se desvaneció.

Llevo la vista atrás para ver el bosque por última vez. No volveré. Ahora sé que ella siempre estará aquí.

Rubén Durán
(Este relato ganó el primer premio en el concurso de relatos de 2016)

Todo estaba perdido

Pensaba en cómo describir su personaje. Y no sabía cómo. Suspiraba, impaciente, pensando en qué esquivas eran a veces las palabras para expresar aquello que quería decir.

Largas zancadas, de avestruz. Rápidas. Los pies volando por la acera. Su taconeo, el taconeo de su perseguidor, todo martilleándole en la cabeza. Y las piernas que vuelan y los pies que no pisan. Veloz, pero no lo suficiente, ya casi sentía su mano en el hombro, aferrándose a su carne, aprisionándola como un cepo temible y temido. Corría tanto que no respiraba bien ya. Las solapas de la gabardina se movían como las alas de un pájaro que trata de salir del nido. La oscuridad se alternaba con los fogonazos de las farolas. Los charcos eran manchas de alquitrán y mercurio. Escuchaba la voz de su perseguidor, su incansable sombra. Sin parar su carrera echó mano a su arma.

Y no era eso, seguía estrujándose los sesos, esperando sacar el codiciado jugo. Casi lloraba. Rabia, ya casi lo tenía. Ya casi, pero no. Su personaje se le escapaba, no se dejaba fotografiar. Ven a mí, maldito…

Contuvo el aire. Hinchaba el pecho a la par que minimizaba su cintura mientras la sirvienta apretaba aquel instrumento de tortura que era el corsé. Los cordones como serpientes, la carne desbordando. “La materia no se crea ni se destruye, simplemente se transforma”, pensaba mientras contenía los sollozos. No, esa materia no se iría por más que la chica apretase. Pero tenía que conseguir ese cuerpo, tenía que lograrlo. Recordaba las miradas cuando entró por primera vez con su primer corsé. Suponía que había sido un espectáculo grotesco. Aunque no lo había visto así en el espejo… La piel blanca y suave hacía de su cuerpo algo atrayente. Las curvas potenciadas por aquella prenda, su pelo ensortijado, sus labios voluptuosos. Y su risa, su risa profunda y cantarina… No entendía todas aquellas miradas. Quizá eran de un asombro que no pudo identificar.

Ahora un poco más. A pequeños pasos lo perfilaba. Lo veía allí. Veía allí todo lo que creaba. Sus personajes pasaban al salón y se dormían la siesta a veces. O a veces era él mismo el personaje y se examinaba cuestionándose la ausencia de hoyuelos y la frente despejada. ¿Aire desmañado o rigidez señorial? Mirada inquisidora, mirada obnubilada, mirada pensativa… las ensayaba todas frente al espejo y nunca pudo ver siquiera una. Ni en él ni en nadie más que en los libros.

Pruebe este maquillaje, verá, le cambiará la vida. Rejuvenece e hidrata. Exfolia y suaviza. Esconde y muestra. Pues seguridad, ¿qué va a ser? Hace de todo. Le cambiará la vida, se lo digo yo. Cuando yo me lo compré, la primera vez que lo usé, ni me reconocieron, fíjese. Es increíble, de verdad. Será una persona nueva. ¿Qué espera ser? Ah, entiendo. Pues sí, le sirve éste. Y éste también lléveselo. Y esto de aquí. Que sí, créame que funcionan. Una persona nueva. Lo que usted quiera podrá ser. ¿Qué cree que soy yo? Eso parezco, ¿verdad? Es que es eso lo que quiero parecer, no te creas, es eso lo que busco ser, no lo que soy. Ah, no, eso no se lo digo, estaría bueno. No quiero que nadie vea lo que soy, cariño, por algo uso este maquillaje.

Recordaba aquel momento. Recordaba muchos momentos como aquel. Dependientas que te daban mejores soluciones que cualquier libro de autoayuda. La magia en botecitos.

Las miradas de sus alumnos al entrar en clase eran las de siempre. Le miraban con admiración, escuchaban sus palabras embelesados. Hablaba con soltura, iba de la simple explicación del libro a las anécdotas, a la experiencia personal, a los datos curiosos y luego a las preguntas. Hacía preguntas siempre interesantes, preguntas que agradecía y respondía con ingenio. Era un sabio con sus pupilos. La admiración podría masticarse. Miraban los suaves movimientos de sus manos, de pianista, un tren que choca, un temblor sísmico, un pájaro planeador. Eran clases deliciosas. Sus colegas le reprochaban no compartir el truco. Talento natural, respondía.

No era fácil hablar con su madre. Ella nada entendía ya. Apenas le veía en la penumbra de su salón de ganchillo y naftalina, pero husmeaba y criticaba su olor a perfume. “Demasiado fuerte, cariño, ese no es para ti, ¿no crees? ¿Qué pretendes? No te entiendo. ¿Necesitas ayuda? Yo puedo entenderte, de verdad que sí. Pero explícamelo, por favor. Soy tu madre. Pero no, no te vayas aún, por favor. No. No quería molestarte. No me entrometo. Explícamelo. Sabes que no es así. ¿Por qué vistes así? Explícamelo. No grites. Esto no tiene que ser así, tienes que normalizar tu vida. ¿Eres feliz? Está bien, ya dejo el tema. ¿Qué tal el trabajo? Me alegro mucho, de verdad te lo digo. ¿Y allí nadie te dice nada? Está bien, perdona…” No la soportaba y se iba. Todas las conversaciones terminaban igual. Le molestaba su voz. No soportaba su falsa preocupación, su falso cariño, su lástima. Era todo mentira. Sufría hasta con su olor. No soportaba aquellas visitas, pero necesitaba el dinero escondido dentro del cojín. Cada vez había menos.

También odiaba episodios como aquellos. Aunque fuesen necesarios, no los soportaba. Pero sabía que nadie era perfecto y él quería ser un buen creador, así que tenía que dejar el maniqueísmo apartado. Dejar que la maldad se asentase en el pecho de cada uno era ser un buen dios.

Maquillarse era todo un ritual. Primero la base. Un color claro, parecido a su tono natural. Después se resaltaba los pómulos, los iluminaba para que destacasen y disminuyesen sus mejillas rechonchas. Después iban los ojos. Sombras de cielo, lavanda, chicle, hojas, tierra, luto, boda, champagne y vino, mermelada y nubes. Y los perfilaba en negro por arriba. Desde el lagrimal subía hasta la parte central, donde se ensanchaba para irse reduciendo hasta que acababa su ojo y aun así ese negro tan negro seguía un trecho sólo, como olvidándose, como cuando cantaba aunque se hubiese terminado ya la canción hace tiempo. Y los labios no se demoraban nunca. Los labios, tan agradables, tan femeninos, tan mullidos, tan apetecibles. Los labios no tenían tanta variación como los ojos, con el carmín sobraba, el carmín nunca sobraba. Tardó meses en encontrar el tono perfecto de rojo. Y era perfecto, enfundaba sus labios como un guante aterciopelado. Sugerente y brillante. Habría matado por aquella barra de pintalabios. El efecto en el tocador nunca le defraudaba, sus manos hacían magia.

Se regodeaba en los colores, suspiraba entre pigmentos. Aquella cabeza suya nunca podría fallarle, era tan mágica como las manos. Magia en su personaje, el conejo de su chistera no podría ser más adorable.

No encontró la pistola que esperaba encontrar bajo su gabardina. Mierda, mierda, mierda, mierda. Era eso lo único que ocupaba en aquel momento su cabeza. Mierda, que yo no soy poli ni narcotraficante ni sicario ni robo bancos ni nada. Mierda, que sólo doy clases de biología. Mierda, que ni siquiera he visto nunca una pistola de verdad. ¿Quedaría muy cutre si dijese pipa? Nunca había tenido una pipa y ese momento no era una excepción. Pero sus gemelos le dolían, los zapatos le hacían daño y no podía respirar bien. Y llegó el momento que llevaba tiempo temiendo: el brazo de su perseguidor le atenazó el brazo y frenó su caída. Pero aquel game over casi le dio la satisfacción del descanso. Su respiración nunca le había dolido tanto. Se arrepintió de su sedentarismo.

Le encantaba que sus personajes tuviesen tantos rasgos suyos. Él era cada personaje que creaba, él era muchos y a la vez él no era nadie. Entonces era cuando no sabía identificarse, se encerraba en el baño y lloraba.

Sentó su cansado cuerpo en el salón que tanto odiaba, mezclada la naftalina, su sudor y los restos de perfume barato en su nariz. El rímel ennegrecía sus mejillas. Supuso que tendría un aire trágico, de joven hermosa que acabó por dedicar sus noches a los besos pagados por adelantado y los días a suspirar en un balcón herrumbroso por un galán con aspecto duro, mechón de pelo rebelde y sonrisa irónica. Pero ese galán no estaba allí dejando ver en sus ojos siempre duros un rastro de ternura sorprendente, allí sólo estaba su madre agarrando su mano reticente con ojos de cordero a punto de ser degollado y su perseguidor, su fuente de sosiego, furia y terror: el vecino del piso de abajo. No era joven, no era guapo, no era atractivo y ya no le quedaba ni un solo mechón, rebelde ni domado. Y no le miraban como a una hermosa prostituta de rímel corrido. No tendrían corazón. Nunca le había caído bien ninguno de los dos.

Le había gustado siempre crear personajes. Aquella afición había empezado por sus diversos enamoramientos mientras leía. Siempre se enamoraba de los personajes de los libros. Esas maneras, esos físicos, esas miradas, esa sutilidad nunca la pudo encontrar en la realidad. En la vida real todos le defraudaban, nadie tenía lo que él buscaba tanto. Luego, de tanto buscar el amor en las palabras de otros, acabó por perderlo. Así que decidió crearlo por sí mismo. Nada de acción, solo modelaba a sus amantes. Hombres, mujeres, no importaba el sexo. Pero siempre eran amantes efímeros. Cada vez tenía que producir uno nuevo más rápidamente. No le saciaban. De tantos que hacía terminaban por repetirse. Así que optó por lo fantástico. Aparecieron elfos, duendes y dragones en su salón. Tintineaban, rugían y hacían todo lo que tenían que hacer excepto enamorarle.

Se frustraba cada día más.

Odiaba ir a clase. Odiaba a sus inútiles alumnos. Odiaba al mundo entero. Sabía que ninguno llegaría a su nivel de desesperación porque su simpleza mental nunca daría para más. Y eso le fastidiaba. Odiaba a todos más de lo normal. Pero el odio le llevó a la solución. Si odiaba tanto todo a su alrededor, si no soportaba aguantar nada de aquello que le rodeaba, si sentía que quería morir, la solución estaba clara: tenía que desaparecer de la faz de la Tierra.

Pero una parte de él se resistía al suicidio. No sólo la parte que tenía miedo a aquello que hay o no hay detrás, sino la parte del ego que decía que aquello que él pensaba era demasiado brillante como para que se muriese sin que nadie lo advirtiese. Pero tenía claro que él tendría que desaparecer.

Una chica bonita. Algo gordita pero agradable a la vista. Atrevida. De risa y palabra fácil aunque a veces vacía. A menudo vacía. Coqueta. Un carácter marcado. Gusto por mandar. Nunca gritaba. Era fácil confiar en ella.

Y si él no tenía valor para morir, tendría que cambiar. Así que dejó paso a su imaginación para poder desaparecer del mundo sin dejar de vivir.
Botas altas. Un armario envidiable. Tenía hasta un abrigo de piel. Blanco. Le costó un pastón. Precio totalmente merecido.

Y comenzó a crearse a su nuevo yo, comenzó a idear cómo sería su hijo, el más perfecto y detallado. Su yo hecho a medida. En ese nuevo personaje viviría y de él estaría enamorado, no necesitaría más. La tendría a ella. Hija, amante y Yo.
Comenzó a ser su nuevo yo una vez la tenía bien perfilada. Le encantaba su frivolidad y coquetería. Ella era perfecta. La amaba.

Después de conseguir ser ella por completo, no le encontró sentido a su vieja ropa, peinado y olor. Y a su barba. Y a su ausencia de ese maquillaje exagerado que ella usaba que tan bien expresaba su coquetería y que tantas veces había conseguido a eclipsar a otras más guapas.

Se tomó un día libre en el instituto. Las plaquetas fueron la excusa para conseguir por fin sus abundantes terciopelos. El abrigo no pudo ser blanco ni de piel. Pero uno rojo consiguió un efecto de satisfacción parecido. Además, lo que no podía conseguir lo creaba. Como la chica que le apretaba el corsé. Aquella perezosa que siempre se estaba quejando. O su belleza. O su pelo ensortijado. O su piel tersa, sin rastro de aquellas cerdas de pelo negro que tenía por delicada pelusilla de vello.

También llegó el día en que tuvo que recrear su entorno. Ya ni siquiera su nueva yo soportaba tanto horror a su alrededor. Sus alumnos, colegas, vecinos, inexistentes novios y amigas se hacían insoportables. Tomaba medidas pero el odio corrosivo seguía quemándole. Así que los creó de nuevo. Todos moldeados a su gusto. Era un placer disfrutarlos así.

Pero no pudo con su madre, aquella señora que le interrogaba continuamente sobre su aspecto, su comportamiento e incluso su voz. Decía que ahora ponía la voz aguda, que se vestía como una mujer, que estaba ridículo, que la gente se reía de él por la calle, que si necesitaba ayuda y mil otras tonterías. Aquella vieja tenía demasiadas cosas que no soportaba como para moldearla.

Y fue feliz. Como nunca había sido en toda su vida. Pero su sueldo no daba para tanta comida como aquella gordezuela tenía que comer, tanto maquillaje que gastaba y tanta y tanta ropa como necesitaba. Y por eso le robaba a su madre. Era algo que tenía que hacer porque no había otra opción. Estaría mal pero no había otra opción. Ya estaba harta de tener que imaginárselo todo, eso quería tenerlo de verdad o la perdería.

Allí sentada recordaba todo eso mientras miraba con indiferencia a aquellos dos personajes que ella no había creado ni modelado. Supuso que su madre terminó por darse cuenta de que en ningún cojín quedaban billetes. Quizá lo que pasó es que pensaba que estaba loca e iba a llevarla a un psiquiátrico. Su vida era cada vez más interesante. Allí sufriría, los enfermeros la obligarían a tomarse pastillas, los médicos harían como si supieran lo que pensaba y su madre acudiría con pastelillos. Y ella sería la princesa encerrada en la torre. Adelgazaría mucho. Entonces su madre se arrepentiría de aquello e intentaría sacarla. Pero no la dejarían porque pensarían que tendría algún trastorno. Terminaría por convertirse en una anciana de pelo estropajoso que dibuja rayones indescifrables en un cuaderno de escuela.

Pero no actuaban, sólo le daban la charla que siempre le daba ella. O eso suponía, porque no les escuchaba, sólo miraba la lástima en ella y el enfado de él mientras esperaba que llegaran los hombres de blanco o que levantaran el auricular. No entendía nada.

Me da igual, de verdad, pero es que a Miguel no le puedes hacer eso, pobre hombre. No, déjame a mí que hable, anda, que es mi hijo. Sí, es mi hijo, déjame. O hija, me da igual, déjame. ¿Me escuchas? A mí me puedes coger lo que quieras pero a él no, hijo. Devuélveselo, anda. Sí, sí, si yo te lo devolvería, pero es que el mío se lo ha llevado todo. A ver, ya, ya lo sé… No, eso no, Miguel, no, a la policía no. Que no, que no grites… Pues porque no, porque no es un mal chico. Pero míralo como está, imagínate allí, lo destrozan. Allí mucho menos, no. No está enfermo, no necesita pastillas ni nada, sólo tenemos que hablar. Yo lo soluciono, déjalo tú ya. Luego te llevo tu dinero. Me lo dará pronto.

Sólo se dio cuenta de que no llamarían al manicomio. El vecino se fue, repitiendo el sonido de sus pasos persecutores y percutores. Y su madre se quedó sosteniendo su mano mientras sollozaba.
Y ella ya le abandonó. Volvía a ser él. Sólo para enfrentarse al horror de la vida. Su enamoramiento no fue suficiente para que no le abandonase. Siempre supo que sería difícil atar a una chica tan superficial, su simpatía era claramente fingida, ella sólo quería su armario, cartera y tocador.

Acabó por odiar a su hija, amante y yo. Todo estaba perdido.

 

Esperanza González Moreno.
(Este relato ganó el primer premio en el concurso de relatos de 2016)

Pupi

La historia de cómo me los llevé fue de esta manera. Ella vino hacía mí y no al revés.

Me cansé de todo el tema religioso e hice lo peor que se me ocurrió, lo más malvado: quemar la biblia de mi familia. Esto, al principio, no tuvo consecuencias pero más tarde…

Empezó con mi perro Emert. Un labrador puro de color nieve, con manchas en las patas, el perro no quiso entrar en la casa, se quedaba ladrando en la puerta de madera. El siguiente fue el muñeco Pupi, que estaba conmigo desde los dos años y ahora yo tenía nueve, así que eran ya muchos los secretos que le confesé. Me fui con la familia a trabajar al campo y cuando volvimos, Pupi estaba en el viejo roble con la boca abierta, y, por supuesto, no era el lugar donde lo había dejado antes de irnos.

Su siguiente acción fue una obra de arte a mi parecer. Con un juego de manos hizo algo que a simple vista, a vista de humano, parece que no haya sucedido nada. Hizo que todas las palomas que pasasen al lado de la casa se estrellasen y cayeran decapitadas. Esto hizo que mi familia se asustara. Ellos pensaban que era culpa del tiempo, o del agua que bebían, pero en el fondo no lo creían. Qué coincidencia que cayesen todas en el mismo lugar. Lo cierto es que yo hubiese pensado igual, si no supiera lo que sé.

Mi hermana Judit se levantaba por las noches y empezaba a hablar, a recorrer toda la casa, a golpearse contra el armario donde guardaba mi colección de rocas. Ella parecía una atleta olímpica corriendo por aquí, saltando por allá, todo esto me hacía cierta gracia, hasta que conseguía conciliar el sueño. Aunque más tarde, por la mañana, me acordase de todo y me entrasen escalofríos. Por las mañanas, yo le preguntaba qué ocurrió anoche, aunque yo ya supiese la respuesta, me encantaba escucharle decir “nada, anoche no pasó nada”. Yo le contaba qué había roto, de qué había hablado, que, por cierto, casi siempre era sobre flores, siempre decía algo así “cuando sea mayor me gustaría tener un campo lleno de todas la flores que existen ordenadas alfabéticamente”.

Fui al campo. Hacía mucho frío. Recogí tres sacos de alfalfa. Mi padre recogió siete. Esto era así pues él llevaba lustros recogiendo hierba y yo, semanas. Cuando llegué a casa después de treinta minutos de viaje con los pesados sacos de hierba mojada, me limpie la hierba que tenía por encima y fui a buscar a Pupi, pero no lo encontré. Recuerdo que lo dejé debajo de mi cama. Todo esto me dejó pensativo, nervioso, reflexionando quién y por qué lo habría cambiado de lugar y, quizá lo más importante, con qué intención.

Por la noche después de rezar obligado por mis padres, medité punto por punto quién habría podido entrar en mi habitación y llegué a la conclusión de que había sido mi hermana, pero esto no lo tenía del todo claro. Ella siempre se limitaba a intentar tener el mínimo roce. Yo pensé que este comportamiento era debido a, según dicen mis padres, “tu hermana está en una edad complicada”.

Me levanté hambriento, pues la noche anterior apenas había cenado, puesto que la sopa de verdura y cierta cantidad de agua no me gusta. Últimamente siempre me levantaba hambriento. Me vestí y me calcé la botas. Cuando llegamos al campo, mientras recogía de nuevo alfalfa, no dejaba de mirar a mi madre y a mi hermana. Llegaban siempre un cuarto de hora más tarde. Según mi padre, ellas tenían andares diferentes a los hombres y no era mentira.

Cuando todos nos dirigíamos hacia casa cargados con unos diez kilos cada uno, me di cuenta de que mi hermana no habría podido cambiar a Pupi de lugar pues ella no sabía dónde lo guardaba. Llegué a casa, me lavé la cara que estaba llena de esa maldita hierba y me dirigí corriendo hacia el roble. Me di cuenta de que uno de los tablones que utilizaba para subir estaba roto y estaba seguro de que cuando subí ayer no lo estaba, de eso estoy seguro. Cuando subí, allí estaba Pupi. Me pregunté por qué no había mirado debajo de la cama antes de venir aquí. La verdad es que presentía que iba a estar en el roble y, claro, así fue. Llegué a pensar que tenía algún poder premonitorio o algo por el estilo.

Me puse a darle vueltas a mi cabeza, aquello parecía una peonza, e ideé un pequeño plan. El próximo día de trabajo en el campo no me despegaría de mi hermana, estaría atento a cada uno de sus pasos, a cada movimiento, a cada pestañeo que ella hiciera.

Y así lo hice, pero antes, escondí a Pupi en un nuevo sitio: un agujero de un metro de profundidad. Envolví a Pupi en una toalla vieja para que no se ensuciase, pues de lo contrario mi madre tendría que lavarlo, y para nada me gustaba la idea de que ella supiese que yo seguía con mi amigo. Lo enterré y puse una flor en el lugar donde lo había hecho. Yo, últimamente, no era yo, parecía que mi cuerpo y cabeza fueran polos opuestos. Me decían algo y a la hora, puf, nada, como si hubiese hablado con la pared de mi dormitorio.

Cuando nos dirigíamos al campo no me aparté ni un metro de mi hermana. Cada vez que iba a algún sitio, iba con ella con la excusa de acompañarla porque me dolían las muñecas de segar, y esto no era mentira. Cuando acabamos y regresábamos hacía la casa, yo tan sólo había recogido un pequeño saco de hierba, puesto que la alfalfa se estaba acabando. Mi padre se enfadó conmigo porque decía que dos sacos no eran nada. Comprendí que mi hermana no era. Ella no cambiaba a Pupi de lugar, pues ella sólo se dedicaba a escribir en su pequeña libreta y a trabajar con mi padres.

Un día claro, despejado, murió mi padre. Murió en el bosque, como él quería. Semanas más tarde fui a investigar al bosque y allí había una azada teñida de sangre y el tronco de un árbol arañado. Alguien lo mató sin compasión, rápido, y, claro está, con la azada. Mi madre entró en una crisis nerviosa. Ni comía ni dormía, parecía que algo le estaba ayudando a vivir, pero esa fuerza no duró mucho y mi madre, a las pocas semanas, murió.

Solo quedábamos mi hermana y yo. Dormíamos juntos, cosa que me daba grima, no queríamos ir al pueblo, de lo contrario vendrían ellos y nos lo arrebatarían todo. Supongo que ellos me obligaron a hacerlo. A herirla. Me resistí, pero fue por la única que sentí pena. La única que en realidad no lo merecía, pero supongo que todo tiene su fin.

Victoriano Romo Castillo

La clase

1

Al principio, ese espíritu, esa fe era capaz de hacer frente a todo, de subir montañas tan altas como la Torre Eiffel. Si hubiera hecho falta, hubiéramos sido capaces de trepar hasta el mismísimo Everest sólo por conseguir aquello que llamábamos felicidad, o eso creo que decíamos. Pero, qué sorpresa, qué oscuro parece todo tras estas cumbres, qué miedo.

Y, aún así, mis pasos se suceden uno tras otro, ¿por qué? No quiero, no deseo ir por este camino.

No soy cobarde, pero no me gusta esto. No hay día, únicamente noche. Qué me dices de estos árboles mustios y retorcidos que parecen carecer de alma alguna. Cuántos búhos y murciélagos, ¡qué horror! Pero, entre tanto aullido de lobos y con este molesto silbido de aire tan frío traspasando las desnudas ramas de los árboles, me doy cuenta de que me estoy acercando a un gran lago, que se encuentra al final de esta ladera tan silenciosa como un temido cementerio por la noche.

Está todo muy tranquilo, tanto que me despisto y tropiezo con un ensortijado de raíces que permanecen sobre el árido y estéril suelo. Mi descenso aumenta entonces su velocidad y, en menos de treinta segundos, mi cuerpo queda retenido contra una gran lápida. Es tal mi nivel de sobresalto que de un respingo me pongo en pie.

Justo a mi lado veo ya reflejada la tenue luz de la luna sobre el inmenso lago que, por momentos, creo que no tiene fin. De pronto, una voz resalta en el apreciable silencio…

—¡Nico!, ¡Nico!, ¡Nico! —y así hasta cinco veces con un tono suave pero incesante que proviene del lago.

Llego a la conclusión de que alguien necesita mi ayuda, pero para ello debo meterme en el lago. Las voces continúan y cada vez me siento peor por la fatiga de no saber qué hacer.

Decido acudir a la llamada, meto mis pies en el agua helada del lago y comienzo a avanzar. En ese momento, todo parece darme vueltas y una gran angustia se adueña de mi débil pecho.

2

No puedo respirar, me falta el aire y esa fe de vivir de la que al principio os hablaba se convierte en duda, inseguridad, incredulidad y no tengo ganas más que de seguir adentrándome en el lago.

Noto golpes sobre mis hombros, me hundo… No puedo seguir avanzando, tengo que volver atrás, de no hacerlo… moriré.

Ya no se oyen voces, pero hay algo que me impide volver a la orilla, algo que me presiona hacia el fondo, pero soy fuerte y continúo luchando, ahora no por rescatar a la persona que pedía ayuda, sino por sobrevivir.

Todo se calma, pero un coro de voces graves estallan en el silencio y me asusto. El agua del lago comienza a ser absorbida y el ambiente se revoluciona, no queda silencio entre tantos truenos. Un potente rayo me alcanza.

—¿Todo se ha acabado? ¿Estoy ya en el cielo?

3

—¿Qué es esto? ¿Quiénes son estas personas? ¿Dónde estoy y qué me ha sucedido? —me pregunto con angustia.

Pronto puedo descubrir que tan rápido como la pasada vez, cuando crucé la cumbre, ahora me he desplazado a la posguerra. Puedo entender, además, que me encuentro en un coche junto a dos hombres, Jan Julivert y Klein. Lo cierto es que sus nombres me resultan conocidos, pero no termino de identificarlos.

En unos instantes, el coche se detiene y una furgoneta azul anunciando lo que parece una marca de lejía nos adelanta. Comienzo a recordar y todo es muy parecido al final de esa novela de Juan Marsé, Un Día Volveré, pero, ¡qué estoy diciendo! ¿Me he vuelto loco o qué?

Entonces, una bala procedente de la furgoneta alcanza a Klein y éste cae sobre el hombro de Jan. Asombrado, Julivert se baja y yo le sigo, ¿por qué? No quiero hacerlo, pero no soy dueño de mis decisiones. Todo es como un juego que alguien maneja y yo formo parte de él.

¡Oh, no! Tres balas veloces alcanzan el cuerpo de Jan Julivert y éste cae de rodillas. Pero, ¡eh!, ¡calla!, ¡ayuda!, un individuo se baja de la furgoneta e inmediatamente me alcanza y me sujeta con una mano, mientras que con la otra me dispara una bala sobre el lado izquierdo de mi pecho con una Walther P38.

Empiezan, de nuevo, las voces. Ahora más fuertes, una nueva tempestad y, de pronto, todo comienza a esclarecerse, como si alguien hubiera colocado un potente foco sobre mis ojos…

—¡Nico!, te habrá resultado interesante la clase de hoy, ¿no? —dice el profesor.
—¿La qué?… Sí, muy… muy interesante, bastante, creo.
—Pues eso, el resumen que tus compañeros han hecho de toda la literatura dada en este curso, ¿lo has entendido todo? –dice el profesor.
—¿Entender? ¿Qué es eso de entender? Yo lo he vivido. Entender es cosa de idiotas.

Jesús Megías Gómez

Amor

Amor, difícil palabra que nadie comprende. A veces tan increíble, a veces tan temible. Dichosos aquellos que son cegados por un infinito tan breve. Cuando el amor me llama, me pesa el pasado, el presente, el futuro con ella, y comienza ese breve infinito, nace algo dentro de mí. Una batalla entre la razón y los sentimientos y ya empiezo a flaquear, porque los sentimientos toman la ventaja. Ya cae la primera lágrima de un alma ciega, un alma enamorada, y la batalla se decide ahora: la razón muere llevándose consigo el miedo a amar. Se abre un hueco en algún rincón oscuro de mis entrañas, sin saber cómo ni por qué, la lágrima se desvanece, prometiendo permanecer oculta tras el recuerdo doloroso de toda levitación. He aquí un alma alegre, un alma con nombre y apellidos, un alma que muere llamada amor.

Alberto Lara Correa.

(Este texto ganó el primer premio en el concurso literario del centro en 2015)

Un nuevo día

Amanece un nuevo día. María y yo estamos sentados en el porche. La suave brisa de septiembre mueve las hojitas de la parra. Mi mujer y yo nos sentamos en aquel columpio para ver el amanecer todos los días. María me dice “Manolo, voy dentro de la casa a por un vaso de agua. Me siento un poco mareada”. Pasa el tiempo y ella no regresa. Entro en la casa y la encuentro tirada en el suelo de la cocina sobre un charco de sangre. No sé qué hacer, pero aún así, la cojo y me la echo en el hombro. No tenemos hijos para que nos lleven al hospital, ni tampoco a nadie que viva cerca de aquí. No tengo más remedio que andar los dos kilómetros hasta el pueblo. Yo sé que está viva porque su pequeño corazón sigue latiendo. Por fin, llego al pueblo. María ha perdido mucha sangre y le falta poco para que muera. Estoy muy cansado, tengo ochenta y cinco años. Me falta el aire y ahora tengo que atravesar todo el pueblo para poder llegar al hospital.

Pasa el tiempo y los médicos siguen en la habitación y no salen. Recuerdo imágenes de ella allí tirada en medio de la cocina y me empiezo a hacer preguntas ¿Qué habrá pasado en realidad? ¿cómo se ha podido desangrar tanto?… Mientras me hago esas preguntas, un médico bajito y con los ojos azules sale de la habitación y me empieza a decir: ”Su mujer está viva de milagro. No se cómo no se ha muerto después del viaje. Por desgracia no todo está bien, toda la parte izquierda de su cuerpo está inmovilizada y dudo que pueda moverla en un futuro”. Me alegro mucho, muchísimo, pero, al mismo tiempo, empiezo a llorar. Y ya no puedo dejar de hacerlo.

Ana Hernández Pérez

El viaje

Colocado ya frente al espejo que refleja una vida devastada.

Estaba escribiendo uno de mis artículos. De pronto, volví a ser un niño jugando como cualquier niño con sus amigos, aunque también leía bastante y acompañaba a mi padre a cualquier lugar que él me pidiese. Pero ya es tarde, la pistola apunta mi cabeza, por suerte o por desgracia, y una bala ya ha salido de su cañón.

¿Merece la pena morir ahora? ¿Merece la pena morir si aún conservo algún recuerdo feliz? ¿Mejor vivir y recordar o, por el contrario, morir y olvidarlo todo? No, la trayectoria de la bala no se interrumpe, no puede ser.

Es tarde. Ya estoy muerto. Es mi primer segundo aquí… ¿Ha merecido la pena el viaje?

Andrés Vinagre Blanco

El placer de vivir

Una cálida tarde de verano. Los primeros rayos de sol del amanecer. El vapor de una ducha caliente a las siete de la mañana. El olor del café recién hecho. Las cenizas de un fuego que no llegó a apagarse. Un primer beso en el portal. El primer día de clases en la Universidad. La magia de la noche madrileña. Los nervios de la primera vez. El malhumor al escuchar esa alarma todos los días. Los poemas de Jaime Gil de Biedma. Los besos de una madre. La respiración alterada tras una carcajada. ¡Ay! ¡El placer de vivir!

Alba Zamora Catela

Detalles que cambian todo

Estás solo en tu mundo. Piensas en todo lo que no deberías haber hecho, pero hiciste. Vuelves al pasado. Recuerdas cómo brillaban sus ojos cuando sonreías, cómo te sentías seguro de lo que hacías cuando ella estaba a tu lado. Pero todo cambió. Ya nada será igual. Te diste cuenta de que te equivocaste. Te diste cuenta de que un simple detalle puede cambiar la vida, puede acabar con una vida. Fíjate ahora, hoy, en el presente. ¿Dónde estás? Miras a las personas con furia, a las parejas con envidia. Quieres gritar de dolor, llorar de sufrimiento, ahogarte en tus errores.

Cuando estás mal, no tienes a dónde ir, ni sabes qué hacer. Te sientes hundido y ves cómo disfrutan a tu alrededor. Te sientes frustrado y enfadado con todo el mundo. Dices que nadie te entiende.

Sin embargo, ves a alguien con cierto parecido a ella. Tú sabes que es imposible. Se acerca a ti. Tú no quieres hablar con nadie, pero la miras a los ojos y ves el mismo brillo, la misma luz. Tú le dices todo lo que sientes, le pides perdón. Dices no quise hacer eso. No quise hacerte eso. Ella te escucha y te dice las palabras que nadie te ha dicho en la vida.

Miras al suelo, arrepentido, pero cuando levantas los ojos, ella ya no está.

Llegas a casa. Un techo vacío, paredes que lo escuchan todo y un suelo que escupe dolor. No puedes detener tus pensamientos. Todo tiene un final, piensas. Tus pies ya no sienten cansancio. Tus ojos siguen viendo con más fuerza su sonrisa, el suelo ha comenzado a tragar sangre y tú comienzas a viajar a su lado.

Carmen Vela Pinilla

Si quieres te miento

—Si quieres te miento.
—Sí —dije tras mucho discutir y no poder convencerla.

Después me sonrió. No atendía a razones, sólo vivía en su mundo de fantasías. Nunca la entendí, quizá era eso lo que me atraía de ella.

Lo recuerdo todo, pero en color sepia. Qué extraño, maldita televisión que me ha transformado la memoria… Llegó sin paraguas un día lluvioso, sonriendo. Entonces levantó la mano y me señaló, me guiñó el ojo y me indicó con el dedo que me acercase a ella.

—¡Está lloviendo! —grité.
—¿Y?

Su argumento, aunque carente de cuerpo, me convenció. Me puse a su lado. Me miró a los ojos y me sentí totalmente indefenso en aquella mirada que podía manejarme como una marioneta.

Levantó la cabeza y empezó a susurrar.

—Mira el cielo, cierra los ojos, nota la suave y dulce gota que te recorre todo el cuerpo, te acaricia y te mima, una tras otra. Poco a poco te empapa, se desliza lentamente sobre el rostro, bajando por el pecho y baila al ritmo del corazón… ¡Qué pena que nadie sepa valorarlo!

Estaba sobresaltado, no sabía qué responder, pero ella empezó a hablar, por desgracia o por fortuna, no lo sé

—Me llamo Marta. Soy nueva en esta ciudad de perros, estaba aburrida y me apetecía conocer gente.

Juan José Marabé Alzás

Totalidad

Mi mente es una locura.

He dado mis primeros pasos. Me gusta. Me gusto. No sé dónde he estado todo este tiempo. Quizá es que en vez de conocer quién soy, me estoy creando ahora. Soy más fuerte, más libre y más segura. Me gusta el rock. Y la cerveza. Me gusta escribir. Y el olor a lila. Me gustan mis estudios e imaginarme mi futuro. Me gusta que me quieran. Y querer.

¿Cómo puede ser tan difícil expresar con bolígrafo y papel algo que en mi mente suena tan sencillo y comprensible?

Pienso en todo. En lo que he sido, en lo que soy y en lo que me gustaría ser.

En este instante por mi mente están pasando pensamientos a mil por hora, más o menos relacionados entre ellos o que no tienen absolutamente nada que ver.

Oigo música. Me ayuda a controlar mi locura, a tranquilizarme, a evadirme y, en algunos casos, a profundizar más en mis pensamientos.

Tacho lo que escribo. Vuelvo a escribir.

Todo el mundo pasa una etapa de su vida en la que se conoce a sí mismo. Puede aparecer y pasar bruscamente, gradualmente o no acabarse nunca.

Mi mente es una locura.

El miedo no existe, está en la mente. No hay que temer a nada ni a nadie. Hay que asumir el riesgo, tirarse al vacío con los ojos cerrados, confiar en uno mismo y atreverse a vivir cada etapa de altibajos, descubrimientos y novedades.

Balzac dijo que Aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia. Supongo que tiene razón.

Sofía Álvarez Catela.

Historia de nadie

1

Camino por las calles de tu ciudad —que también es la mía—. Cada vez me cuesta más mantenerme en pie. El viento me zarandea de un lado para otro. Mis pisadas no ejercen presión en el suelo. Mis pasos no provocan ruido. Qué poca cosa soy. Los perros huyen de mí y dejan a su paso un rastro de basura. Mordisqueaban bolsas negras en un contenedor que está tirado por el suelo. Les he interrumpido la cena. Me acerco hasta el desorden que han formado y empiezo a buscar algo que llevarme a la boca. Yo también tengo hambre.

El frío me hiela los huesos y el viento parece que lo va a poner todo patas arriba de un momento a otro. Una bandera ondea sobre un mástil, bailando como un lazo en un ventilador. En uno de los vaivenes, el viento consigue arrancarla. Vuela sin tocar el suelo y yo corro tras ella. Me servirá como manta. Busco un sitio donde pasar la noche. Me dejo caer sobre el mármol helado de un portal y me envuelvo con mi manta. Me abrazo las piernas.

2

—¿Central?… Aquí el agente Ballesteros. Tenemos un 114… Sí, el sujeto es un varón, de estatura media, de unos cuarenta años. No, no va identificado. Posiblemente sea un “sin papeles”. Necesitamos una ambulancia para que certifiquen la muerte… Que se den prisa, coño. Esto va a llenarse de curiosos de aquí a un rato.
— ¡Qué vergüenza! Mira que morirse en la calle, menuda imagen para el barrio…
— ¡Señora, camine! ¡Aquí no se le ha perdido nada!

3

—Y esta es la cuarta víctima que se toma el frío en lo que va de año (…)
—Mamá, ¿desde cuándo el frío mata?
—Jaime, apaga la tele. Bastantes desgracias tenemos ya. Venga, ven, que ya está la comida puesta.
—(…) Varios grupos de activistas, indignados por la situación, han convocado una manifestación que, según nos comenta el portavoz, consistirá en una marcha pacífica que concluirá a las 12:00 con un acto simbólico en el que todos los participantes gritarán al unísono la palabra igualdad. Y esto es todo por hoy. Informa Carlota Torres para informativ… ¡Click!
—Voy, mamá

4

Son las doce del mediodía. Un ensordecedor estruendo metálico proveniente del campanario lo confirma. La masa se detuvo y quedo en silencio. Nadie dijo nada. Todos esperaron a que la persona de al lado gritase igualdad, pero nadie lo hizo. Sobre el frío suelo donde pasé mi última noche, una chica ha dejado un ramo de flores y una nota: «porque la muerte de todo ser humano debe importarle a alguien».

Felipe Núñez Sánchez

La historia de Ashlin Goodman

Hace un mes, mi padre viajó a Las Vegas para rodar una película. Cuando se marchó dijo que volvería pronto, pero aún no lo ha hecho. Me parece muy extraño porque él siempre cumple su palabra. Estoy asustada.

He llamado a su productora y, sorprendentemente, pusieron mi llamada en espera durante dos horas. Al final pude concertar una cita con un responsable de la empresa, pero nadie apareció. Luego llamé a Mike, el ayudante de mi padre, y me dijo varias cosas, entre ellas, que el teléfono móvil de mi padre lleva apagado todo el mes, y que él, Mike, ha abandonado el rodaje hace tres semanas por motivos personales y no sabe nada. Después hablé con empleados del hotel de Las Vegas y una camarera me contó que mi padre salió en coche de manera precipitada, dejando todas sus pertenencias en la habitación, incluido su móvil. Así pues, he estado toda la semana preguntando por él y, como no he encontrado nada, he decidido buscar a un detective privado, ya que la policía, desde el principio, me ha tomado por loca.

He estado toda la tarde mirando los anuncios clasificados del periódico, buscaba detectives o agencias de seguridad. Ninguno me convencía, unos por su excesiva palabrería, otros por su poca claridad, hasta que encontré uno que simplemente decía: “Detective privado. Investigamos. Cumplimos”.

Llamo al número y una voz grave contesta al otro lado. No dudo en mentir sobre mi identidad para evitar cualquier situación peligrosa. Me cito con un tal Sr. Smith a las siete de la tarde en una cafetería cercana a mi Universidad, de esta forma será más fácil encontrar ayuda en caso de peligro. Para ir al encuentro, me he puesto ropa oscura y poco llamativa, así pareceré más adulta.

El reloj del café da las siete cuando entro en el establecimiento. Me fijo en un hombre de piel oscura que habla con un camarero y enseguida sé que es la persona con la que el día anterior me he citado. El hombre se sienta en una mesa situada en un rincón apartado y discreto. Yo me dirijo hacia él y le sorprendo por la espalda. Se sobresalta durante unos segundos, pero me reconoce y se pone de pie. Me da dos besos y un fuerte apretón de manos que me estruja tanto los dedos que clava mi anillo en la piel de mi mano. A pesar del dolor, guardo la compostura y él apenas se percata. Señala el sillón de enfrente para que me siente, y acto seguido de que lo haga, el camarero nos pide las consumiciones. El Sr. Smith pide café y yo, un batido de arándanos.

Me cuenta que trabaja solo y que su trabajo le gusta mucho porque le recuerda a cuando de pequeño jugaba a ser espía. Enseguida traen las bebidas y le narro todo lo sucedido sin olvidar nada importante. Él me plantea varios escenarios: una huida amorosa, una escapada de vacaciones, una conspiración o un ajuste de cuentas. Cuando pronuncia la última posibilidad, el corazón se me encoge y un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Según el Sr. Smith, todo parece indicar que es un secuestro.

La conversación no dura mucho más. Él paga todo —este fue su único error, aunque en ese momento no me di cuenta— y abandonamos el establecimiento para dar un paseo. Hablamos un rato y me recomienda extremar las medidas de seguridad de mi casa. No sé cómo hacerlo, estoy asustada y le pido que venga a mi casa y me proteja. Sin dudarlo, acepta, aunque me informa de que eso encarecerá la factura. Llegamos a casa y el Sr. Smith se instala en la habitación de invitados.

Poco a poco voy depositando mi confianza en él, y el Sr. Smith va conociéndome mejor. A medida que pasan los días el Sr. Smith me acompaña a todos lados, recopila información y datos sobre mi padre, e instala un sofisticado sistema de vigilancia en la casa para evitar asaltos.

Una semana después, me presenta su plan. Un plan muy concreto y preciso. Según él, mi padre ha sido secuestrado por alguien al que aún no tiene localizado. En el plan del Sr. Smith figura un viaje a Las Vegas para visitar el hotel donde se hospedaba mi padre, así como numerosas entrevistas con las personas que estuvieron cerca de mi padre antes de desaparecer.

En Las Vegas, después de una ronda de encuentros y conversaciones, el Sr. Smith me presenta su conclusión: mi padre ha sido forzado a viajar a Atlanta.

Tardamos muy poco tiempo en llegar a Atlanta, son sólo tres horas en avión. Una vez allí, y para mi sorpresa, mi padre aparece en la mayoría de las vallas publicitarias de la ciudad. Primero pienso que es un sueño, pero enseguida soy consciente de que es real. Su cara sonriente en los carteles me llena de alegría y me devuelve la tranquilidad.

Richard Goodman, así se llama mi padre, abandonó Las Vegas con dirección a Jacksonville para finalizar el rodaje de su película. Como quería que fuese una sorpresa no dijo nada a Mike, su ayudante, de esa manera si yo llamaba, Mike no podría decírmelo, porque no lo sabía. La gente de la productora sí lo sabía, pues eran sus cómplices, así como el Sr. Smith, que ha resultado ser un actor, muy convincente, por cierto. Todo ha sido una gran conspiración. Una deliciosa estafa.

Hoy, por eso estamos aquí, se estrena en Atlanta la última película de mi padre. Se titula La historia de Ashlim Goodman. Es una película sobre mí, sobre una chica que investiga la sospechosa desaparición de su padre.

No se aún de qué forma, pero estoy segura de que me agradará mucho.

Juan Francisco Torrescusa Moreno.

(Este relato obtuvo el primer premio en el Concurso de Relatos del centro en 2014)

Veintiocho de diciembre de 1895

Dicen que hubo un tiempo en el que no se conocían, donde ella permanecía inmóvil, colgada como un cuadro, o en un cuadro, perdón. Envidiosa de su don, ella observaba como él marchaba a su alrededor y él, ay él, pasaba una y otra vez para contemplar su belleza.

Completos desconocidos que se deseaban en silencio, se mantenían distantes, ignorantes del poder que poseerían juntos, que poseen juntos ahora que –fundidos en una dinámica disolución de formas, colores y luces– se ha forjado un lazo entre ellos que los eleva por encima de sus seis hermanos.

¿Sabe de qué le hablo? Ni de reyes ni de dioses; de la imagen y el movimiento. Hablo del cine.

José Jacinto Hurtado González.

(Este microcuento obtuvo el primer premio en el Concurso de Relatos del centro)

Ajedrez

Hay personas que esperan su amor definitivo, vaya tontería. Yo de eso paso, ahora sólo tengo tiempo para el ajedrez. Las fichas blancas y negras me llenan por completo. No necesito más. Por cierto, el otro día jugué con una chica. Era rusa, de ojos claros y muy simpática. Entre un movimiento y otro, descubrimos que nos gustan las mismas novelas, las mismas películas, la misma marca de tabaco. Incluso, nos gustan el mismo tipo de muebles: los de diseño japonés. Me encantó. Su cara se viene a mi mente a cada momento.

Luis Ángel Carretero Díaz

Asesinato

Entonces se convenció de que el señor Hitchcock estaba muerto y comenzó a recordar aquel collar haciendo semicírculos delante de sus ojos. El sonido del timbre de la puerta retumbaba en su cabeza mucho más que el rugido metálico del disparo. Recordó que todo fue perfecto, menos un detalle: no desconectó las cámaras de seguridad. El timbre de la puerta no paraba de sonar. «Me han descubierto», pensó. Sólo se le ocurrió una cosa, acabar con su vida al igual que hizo con la del señor Hitchcock: «¡Bang!»

Los policías, después de echar abajo la puerta, se quedaron sorprendidos tras entrar en el apartamento y verla con las manos temblando encima del teclado del ordenador.

Pilar Mangas Corrales

El viento

En la última noche fuiste elegido para protegernos del chaparrón que se nos viene encima a los aproximadamente cuarenta y seis millones de personas que vivimos en esta calle. Tú, tan bien ajustado a la mano derecha, tan tradicional, tan azul, vamos, lo que viene siendo un paraguas de toda la vida. Vas por la calle y ves a tu adversario, el típico paraguas comprado en una tienda de zurdos, tan vencido y olvidado ahora por toda la familia, tan desteñido su rojo por las lágrimas, por la derrota, por todo un poco. Te ríes. Esta vez has ganado. Nos vas a proteger tú. Pero no estaría mal que recordaras que una buena ráfaga de viento os puede doblar a los dos. Veremos.

Carlos del Río Pluma

Atlanta

1

Suena The A Team de Ed Sheeran. Muy moderno para mi gusto. Hoy es fin de semana y los padres llevan a sus hijos al parque. Los niños buscan otros niños para jugar, los padres buscan escapar de la rutina. Esa asquerosa rutina que se impone en la vida adulta.

Yo estaba solo, sentado en un banco del parque, con mis gafas de sol. Fumaba un cigarro. «Hola, ¿me puedo sentar?», incliné la cabeza hacia arriba y vi a una muchacha con el pelo recogido. No me fijé mucho en ella. Torcí la cabeza. Empezó a sonar Keep On Lying de Tame Impala. «Sí,claro».

—¡No corras tanto! —dijo.
—¿Es tu hijo? —le pregunté.
—No, es mi sobrino.

Qué estúpido soy. Era su sobrino. Creo que nunca he pasado tanta vergüenza. Menos mal que no acabó ahí. Suena Where Is My Mind? de The Pixies.

Ella recogía con tranquilidad, como si la tarde fuese eterna, y yo la miraba mientras no hacía nada por detenerla.
—Ya terminé, ¿me puedes ayudar con las cajas?
—¿Cómo? Ah, sí, claro.
Empezaba a hacer frío. Ella abrió el maletero.
—Mételo ahí, por favor.
Metí las cajas en silencio.
—¿Volverás?
—Claro.
Arrancó el coche.

2

—Entonces, ¿éste es tu piso?

Puse Schizophrenia de Sonic Youth. No sabía qué hacer con ella en casa, no quería cagarla. Se quitó el abrigo y se tiró en el sofá con tal normalidad que me asustó. Me hizo un gesto para que la acompañara. Cruzamos palabras tontas, —que ahora no me apetece contar—. Llegó el primer beso. Me sentí amedrentado, vencido.


Cuando desperté estaba solo en la cama.
—¿No tienes nada comestible en la nevera?
—Pero, ¿por qué coño enredas en mis cosas?
—Lo siento, no quería invadir tu intimidad.
Me mordió el labio. Eso me tranquilizó. Desayunamos. Se fue.

3

La ruptura me volvió loco. Bebí demasiado, me drogué demasiado, y sabe Dios cuántas más cosas hice. En la discoteca sonaba How soon is now? de The Smiths. Me sentía débil, buscaba el consuelo en cualquier parte, pero no lo hallaba. La llamé. Sí, lo sé, no fue la mejor decisión.

—Estás borracho. Vete a casa a descansar.
—¿Quieres casarte conmigo?
—Te voy a colgar.
—No, no, no, por favor, no lo hagas.

Lo hizo.

4

Ahora tiene que sonar Atlanta de Stone Temple Pilots, ¿no crees? Todas las tardes me siento en el mismo banco, con las mismas gafas y con el mismo olor a tabaco. La echo de menos.

—¿Por qué lo dejasteis?
—Eso es fácil de responder. No sabíamos si estábamos juntos por amor o por rutina. La magia se fue. Nos quemamos. ¿Cómo decías que te llamabas?
—Raquel ¿y tú?
—A mí puedes llamarme Atlanta.

Fernando Benegas Martínez

Caricias que cortan

Escucho las campanas de la muerte cada vez más cerca. Me adentro en el túnel donde sólo siento frío. Nadie me echará de menos. Recuerdo el llanto de mi madre, las traiciones a los que me solían llamar amigo. Puedo sentir el primer beso en la esquina de la plaza, caricias que cortan. Mi último aliento.

Ángela Díaz Matito

Una hora menos

Las diez menos cinco, una hora menos en Canarias. Estoy en bata, frente a un viejo radiador al que le cuesta calentar. Se escuchan las campanas de mi pueblo. Las once, las diez en Canarias. Allí, una hora menos siempre. Allí, donde ahora estás tú, supongo, pues yo no puedo verte, pero eso es lo que dijiste: «Me voy con tres amigos». Así, sin despedirte, sin besos apasionados como los de antes, sin miradas que te hacen temblar. Y lo peor: sin invitarme, dejándome sola aquí, en este pueblo abandonado y muerto. No sé qué se siente en ese avión en el que tú te has montado, ni lo que estarás viendo ahora, quizá esa playa de arena negra. Yo sólo puedo ver mi triste habitación. Las once y cinco, una hora menos en Canarias. Ya no sé qué sientes. ¿Amor?, ¿cariño?, ¿pasión?, ¿hacia mí o hacia otras? Estoy llorando, qué tonta. Pienso en lo cerca que estuviste ayer y en lo lejos que estás hoy. Suena el móvil, qué sorpresa, eres tú. «Hola guapa», me dices. Emocionada te escribo y espero tu respuesta durante unos larguísimos segundos. Entonces llegan tus palabras: «luego hablamos, porque aquí sólo son las diez».

Irene Gago Mangas.

Ellos

Sólo sé que abrí los ojos y al hacerlo vi a mi alrededor un montón de personas con batas blancas y verdes. En ese instante todos muy contentos comenzaron a decir «ya lo hace, ya ha despertado»… Entonces me miré y vi mi cuerpo sobre una camilla. No quería preguntar, tenía miedo a que me contaran lo que había sucedido. Se abrió la puerta y entraron un señor y una señora. Estaban llorando y su felicidad al verme era enorme. Entonces los médicos abandonaron la sala. Las otras dos personas se sentaron al lado de la cama y ella agarró mi mano derecha —que estaba perforada por varios tubos—. Cuando pregunté qué ha pasado, ellos me contaron que la noche del lunes, mientras yo regresaba a casa, un señor se subió con su coche por la acera y me atropelló. Me dijeron que desde ese día llevaba en coma y que al principio los médicos casi que no tenían ninguna esperanza por mí, pero que al final lo he conseguido.

—¿Quiénes sois?

Laura Moraga López

Círculo

Un chico siempre soñaba con la misma chica. Cada noche.
Un día, se encontró con la chica, empezaron a hablar, se conocieron y se enamoraron.
La chica le dijo:
—¿Preparado para vivir juntos?
El chico respondió:
—No, preparado para soñar juntos. Cada noche… y cada día.
—¿Cómo?

Suena el despertador.

Un chico siempre soñaba con la misma chica. Cada noche.
Un día, se encontró con la chica, empezaron a hablar, se conocieron y se enamoraron.
La chica le dijo:
—¿Preparado para vivir juntos?
El chico respondió:
—No, preparado para soñar juntos. Cada noche… y cada día.
—¿Quieres soñar?
—Claro.
—Despierta.

El chico abrió los ojos. Sonrió.

Un chico siempre soñaba con la misma chica. Cada noche.
Un día, etcétera, etcétera, etcétera.

Gema García Mejías

La otra Elisa

Tras un largo sueño, despierta. Sus pies tocan el frío suelo. Aún es de noche. Camina a tientas por la habitación hasta que choca con una puerta. Se extraña, pues la puerta nunca ha estado allí. Le vence la intriga, la abre y se asoma.

Ve un enorme y largo pasillo lleno de puertas. Intenta regresar a su cuarto, pero la puerta que abrió desaparece. Otra puerta, que está casi al final del pasillo a mano derecha, se abre y deja escapar un hilo de luz. Avanza por el pasillo hasta llegar a la puerta, mira, pero no se atreve a entrar. Algo la empuja y luego la puerta también se cierra. Al levantar la vista, ve que está de nuevo en su cuarto. Sin embargo, todo está del revés y alguien duerme en su cama. Oye una voz: «¡Levántate ya, que llegas tarde, Elisa!». Elisa es ella y la voz es la de su madre llamándola para ir al instituto.

La Elisa de la cama se levanta y se arregla el pelo frente al espejo. La otra Elisa, sin saber cómo, lo comprende todo.

María José Cambero Cambero.

La conversación

Enrique tenía 85 años y un cáncer muy avanzado. Su familia lo quería mucho y, en especial, una nieta llamada Elena que lo respetaba por encima de todas las cosas. A Elena ya le habían dado las vacaciones en el instituto y sus notas habían sido muy buenas. Como recompensa sus padres la llevaron con su abuelo para pasar las navidades con él.

Enrique era muy querido en Salvaleón, su pueblo, y la gente iba a verlo casi a diario y le llevaban yogures, dulces y todo tipo de comidas. Elena no se separaba de su abuelo ni un momento. Todo el tiempo estaba junto a él dándole todo el cariño que él necesitaba.

Por fin llegó el día más esperado, el día 31, nochevieja. Todos se reunieron en la casa del abuelo y cenaron. Cuando terminaron, todos hablaban y reían ansiosos porque llegaran las uvas para recibir el año nuevo. Con la última campanada se desbordó la alegría y todos se abrazaban, se besaban y bebían champán.

Entonces el abuelo pidió hablar un momento a solas con Elena y le dijo algo que nadie escuchó. Después, todos se fueron a celebrar fuera el año nuevo, todos menos Elena.

Cuando Elena despertó, sus padres le dijeron que su abuelo había muerto. Elena no dijo nada. Ni una sola lágrima, ni un gesto de rabia o pena. Nada. Salió a la calle y llegó hasta el río. Allí se entretuvo tirando piedras al agua y retorciendo juncos.

Al día siguiente fue el entierro. Todos los amigos de Elena estaban allí para apoyarla y darle el último adiós a Enrique. Ya en el cementerio, cuando iban a meter la caja, ella se adelantó a todos y miró fijamente el ataúd. Después, Elena escupió con todas sus fuerzas.

Noelia Cano Contreras

Retrato del horizonte

Con el sonido monótono del coche, miro al horizonte y siento que no llegaré hasta el final. Paisajes se turnan en mi retina cambiando formas y colores, pero no logran cambiar mis sentimientos, no alteran mi estado sonámbulo, las expresiones en la superficie de mi cara. Aún así, sigo buscando el final, esa delgada línea que separa la tierra del cielo. Como el baile de un lazo atado a un ventilador, llevado por el viento sin fuerza, sin consciencia, sin oponer resistencia, como si quisiera flotar en el aire porque me siento libre en él. Y es eso, sentirme libre es lo que quiero, libre en la inmensidad del enigma que separa la locura de la cordura, lo que te hace feliz de lo que te hace caer en la más profunda tristeza. 

Durante el viaje me vienen un sinfín de imágenes, llantos, carcajadas asfixiantes, recuerdos y recuerdos falsificados por mi memoria, adulterados para no morir de pena mientras estoy vivo y ya no puedo recordar a aquellas personas.

Lo siento. Lo siento mucho.

Ya no sé dónde están.

Juan José Marabé Alzás.

Luna llena

Caminaba sobre hojas secas, dejando atrás la tenue luz de las farolas. Se adentraba en un bosque donde los árboles eran tan altos que no dejaban paso a la luna llena. Andaba rápido, tenía miedo, temía cruzarse con algún solitario de alma oscura. Por un momento, olvidó que su cuerpo se llenaría de pelo y que sus manos serían garras.

Marta E Guisado Martín

Nudos

Nos empeñamos en buscarle un nombre a todo, una manera de identificarlo, cuando sólo deberíamos disfrutar. Por ejemplo, esta fría tarde de invierno. Muchos folios. Algo en la garganta que no me deja respirar bien. Miles de idea volando sobre mi cabeza. Millones de propósitos que soy incapaz de llevar a cabo. La tarde y el tiempo se echan sobre mí. Estoy cansada. Buscó sin parar algo que me saque de esta habitación. Y entonces… intento desnudarme por completo, pero no logro desatar los nudos.

Cayetana Velasco Molina

Ruido de máquinas

«Este día no lo olvidaré nunca», dijo ella cuando le pusieron a su hijo en los brazos. Todo había pasado muy rápido. Vio cómo el pequeño bebé se hacía grande, daba sus primeros pasos, comenzaba a decir sus primeras palabras. Teresa disfrutaba cuando le leía un cuento a la hora de dormir y comenzaron las celebraciones de cumpleaños. Vio cómo el niño comenzó el colegio, los primeros amigos… Todo empieza a nublarse, a ser diferente. El cuerpo lo tiene repleto de cables. Está en una sala de hospital. Se escucha el ruido de las máquinas. Le quitan a su hijo de los brazos. No es capaz de decir nada. Le entra sueño. Deja de oír las máquinas. Se duerme.

Belén Torrado Díaz

El misterio

Y le dijeron «no», y él recorrió las calles en busca de su amor, que una vez le dijo «sí», pero esta vez era «no». Él estaba como loco, seguía pensando «tengo una oportunidad, puedo reconquistarla y hacer que me quiera como la primera vez» pero luego también se decía «acepta la verdad, el cuento de hadas se acabó y la princesa se comió sola las perdices y no hubo final feliz».

Todo en esa tarde de mayo parecía perfecto: las nubes blancas, el sol de poniente regalándoles una hermosa vista anaranjada a los que se dignaban a subir la cabeza y contemplar el atardecer, los niños jugaban en el parque, las parejas de enamorados caminaban de la mano… Todo era perfecto, menos su corazón. Con el paseo trataba de olvidar, transformar su dolor en otra cosa, pero su mente sólo podía pensar en la que ya no estaba.

La tarde fue acortando sus brazos temporales y llegó la noche y, con ella, la oscuridad que sumió su corazón en la melancolía. Aunque él sabía que su relación no iba por buen camino cuando aún estaban juntos, no podía evitar pensar en que las cosas pudieron arreglarse. Entonces se percató de que el amor también se acaba.

Los días pasaban lentos y tortuosos, y los amigos le hacían ver que era una tontería seguir con esa actitud, que debía centrarse en sus estudios y esperar que el tiempo pasase.

Un día, sin saber muy bien por qué, se levantó sin acordarse de ella y nunca quiso resolver aquel misterio.

María Rosa Cambero Cambero

Estaciones

Otoño

Me sonreía cada mañana aquella chica con las manos llenas de espinas que paseaba por las calles mientras hacía el intento de vender alguna rosa. Me sonreía cada tarde aquel chiquillo que sentado en una silla de ruedas miraba cómo sus compañeros de clase echaban unas carreras. Me sonreía cada noche la puta que, mientras alzaba la vista en la esquina, se subía con poca gracia su cortísima falda. Me sonreía, cada madrugada, ese octogenario que con su sucia boina en la mano pedía limosna en la puerta de Correos. Mi hora punta eran las 00:28. Me miraba en el espejo y el de enfrente sonreía.

La sonrisa, lengua oficial de todos los desgraciados.

Primavera

Hacía tanto tiempo que no caminaba por esta casa, y hace tanto que no quiero hacerlo, que ya ni recordaba lo pequeño que fui una vez. Tampoco recordaba que pasé los peores días de mi vida entre estas cuatro paredes, con su olor a aguardiente y con esa cara de odio que cada madrugada me encontraba al abrir la puerta, mientras que desde la última habitación de la casa mi madre tosía y me pedía que no deslizase el pestillo.

Invierno

Llueve mansamente y sin parar. Llueve sin ganas pero con paciencia, como toda la vida. Claro que no es una lluvia que consiga mojarnos. A nosotros ya no nos moja nada. No sentimos nada. La sierra es cada vez más fría y raro es el día que conseguimos llevarnos algo decente a la boca. Miro cómo yacen en el suelo la mayor parte de mis compañeros y sólo puedo imaginarme degollándolos, para aprovechar las partes aún no cubiertas por parásitos y aliviar mi estómago. ¿En qué me está convirtiendo esta guerra? Los más jóvenes mantienen la esperanza. Piensan que dejará de llover pronto. Yo estoy viejo y sé que eso no ocurrirá. Seguirá lloviendo hasta ahogarnos. Muchas veces los miro y pienso: «comedme ahora, que mis entrañas aún están calientes». Estos jóvenes están luchando por su vida, por su libertad. Se mueven por amor. Pero yo, ¿por qué lucho? ¿qué es lo que me mueve a mí? Desde luego no es amor. Me miro en el reflejo de los charcos ocasionados por esta lluvia eterna, pero no veo mi rostro, sólo veo el mismo odio que mató a mi familia.

Verano

Llegué un poco tarde, pero allí estaba esperándome. Bastaron dos segundos para encontrar una terraza en la que sentarnos y ponernos al día. Paradójico era ponerse al día con alguien que había formado parte de tantos de ellos. Pero más paradójico fue escuchar las últimas palabras que me dedicó: «nos queda un largo verano para disfrutar». Ya es invierno, y aquí estoy esperando el siguiente verano. Sin saber quién me hará la próxima promesa.

Juan Ángel González Muñoz

Esa sonrisa

Me gustaba llegar los viernes y encontrarme el trozo de empanada en el felpudo. No entendía tanta gratitud por pasear a Kiara.

Ella no parecía demasiado mayor, se teñía todos los meses y se notaba que era adicta a las compras. No había mañana que no saliese con su bolso y sus labios pintados. No solía recibir visitas y en el bloque tampoco era muy querida, pero para mí era todo un misterio. Sólo conseguí hablar una vez con ella. Tenía 67 años, se llamaba Carmen, era de un pueblecito de Extremadura. «Pequeño pero con encanto», me confesó. Tenía una perrita, (ya sabéis quién es).

—Vine aquí sola con veinte años a buscar trabajo y me quedé toda la vida.

Su cara cambió cuando dijo «sola». Ahí entendí todo, por qué me encontraba la empanada, esa sonrisa…

Irene Acevedo Ramos

En el espejo

El edificio colmado de niebla. Hace calor. A simple vista, podría observar las lágrimas de los dichosos. Me adentro más, el grito me estremece. Me llama. Y como una alimaña en busca de su presa corro guiándome por mis oídos. Llego al habitáculo. El grito cesa. Busco entre el fuego y la niebla. No salgo de mi asombro al descubrir que no hay nadie. Vuelvo la vista atrás y ahí está: una sombra ardiente reflejada en el espejo.

María Sanchez Agudo

Inútil

A pesar de que no deja de pasar gente a todas horas, él se siente aburrido y triste en el mostrador de la pequeña librería. Tiene tantas ganas de rayar cualquier papel que, sin pensarlo, se mete en el bolsillo de un niño para intentar acabar con la rutina. Pero, no le han hecho falta ni veinticuatro horas para que se arrepienta de aquel atrevimiento. Ahora se ha convertido en un lapicero sin utilidad en el estuche de un niño ciego.

Jesús Megías González

(Este microcuento ganó  el primer premio en el Concurso literario del centro).

Sala de espera

No somos conscientes del momento exacto en el que estamos, porque continuamente pensamos en el pasado, ese que ya no volverá y en el que ya no podemos hacer nada. Hay muchas cosas que nos gustaría haber hecho. Tal vez para la mayoría de ellas –antes tampoco fuimos conscientes– ahora nos gustaría tener una segunda oportunidad y, mientras pensamos todo eso, desaprovechamos el único momento que sí depende de nosotros, en el que podemos decir, hacer, pensar o demostrar multitud de cosas, que luego, en el futuro, nos arrepentiremos de no haber realizado. Sin darnos cuenta, la vida nos da siempre una nueva oportunidad y lo único que no se detiene es el tiempo, mientras nosotros permanecemos…

Alguien entra en la sala de espera. Nos mira y pregunta:

–¿Quién es el último para el Doctor Ceballos?

María Nogales Cuenda

Encerrado

A veces me he sentido como si ya no existiera en este mundo. Muchas veces sin nadie, otras pisoteado, otras insultado. Quizá fui el culpable de todo. Nunca lo sabré sentado aquí, ahora, en una silla de la biblioteca, rodeado de miles de libros que ni siquiera sé de qué tratan. Encerrado en la fría soledad de esta habitación donde lo único que se oye es este maldito silencio. Intuyo pisadas de gente a la que poco importo, porque no saben quién soy. No les culpo, yo tampoco lo sé.

Pablo Matamoros Romero.

La gran ballena blanca

Verano. Vacaciones en el cole. Nos acercamos una vez más al cine de verano de mi pueblo. Al día siguiente, salimos a pescar al mar y hablamos de la película de la noche anterior: Moby Dick. En un descuido, el sedal de mi caña se enganchó con mi pierna derecha justo en el momento en que una gran ballena blanca mordía mi pequeño anzuelo. Desaparecí bajo la espuma salada del mar.

Lola García Moriche.

(Este microcuento ganó  el primer premio en el Concurso literario del centro).

Días de espera

Estaba sentado como cada jueves, leyendo el periódico, en algún antro de la calle mayor. Me senté en mi sitio de siempre, el taburete de la segunda mesa a la derecha, junto a la ventana. Miré a mi alrededor y allí estaba ella, la chica de la taberna, con su soltura y desparpajo, sus cantes y sus bailes. Llevaba un atuendo horrible, todos la mirábamos y veíamos en ella el paso de los años. Me parecía leer lo mismo una y otra vez. Los niños jugaban en la calle. Ahora una niña salía de su casa y se sentaba en el umbral acariciando suavemente el pelo de su muñeca, quizá la única que tenía. Veía en ella una dulzura especial. Aquellos ojos me miraron asustados y rápidamente aquella niña entró en su casa y,—esto es una suposición—, se abrazó a la falda de su madre. Había algo diferente en aquel entorno, quizá un florero nuevo, no lo sé, lo que recuerdo es que yo ya no era el mismo. Observaba el marco de las ventanas y el polvo me parecía más agradable que nunca. El ángel negro se abanicaba sobre mi cuerpo tendido y yo le susurraba lentamente, ven, ven. Sobrepasaba los ochenta. Sí, eran días de espera. Perdido en el laberinto se entreveía la salida. Todas esas ideas se concentraron en mi cabeza y no me dejaban actuar. Nacemos como morimos, sin comprender nada. Sentimos que no hay más vida que la nuestra y no logramos saber lo que nos deparará el futuro. Me pregunté entonces cómo sería la vida sin vivirla, sin actuar, sin hacer nada y así lo hice. Comencé a dejar de vivir como cuando uno intenta dejar el tabaco, —por cierto, soy fumador y nunca he sido capaz de dejarlo—. Me llevó su tiempo, pero cada día vivía menos, sentía menos. Entonces fue cuando dejé de escribir.

Alba Gil Sánchez

Por eso venimos

Era un día caluroso, a principios del mes de marzo. Los Moretti habían robado todos los objetos de valor de la casa de los Juliano y, cuando estos se enteraron, fueron a pedir cuentas al lugar donde se reunían los de la otra banda. Ese día estaba, entre los Juliano, un antiguo miembro de la banda de los Moretti, al que llamaban Marco, un chico alto y con una voz potente que inspiraba confianza.

Los Juliano acusaron a los Moretti de haberles robado y, ante la negativa constante de los ladrones a confesar, los primeros se marcharon con la idea de la venganza en el cuerpo.

Al día siguiente, los Moretti, para echar más leña al fuego, empezaron a enviar mensajes provocadores a la banda de los Juliano. Cuando César, el líder de los Juliano, llegó a la casa donde se reunían le pusieron al tanto de los mensajes. Entonces decidieron volver a ver a los Moretti para darles su merecido.

Cuando llegaron, se sorprendieron al ver que sólo uno de los Moretti se encontraba en aquel lugar. Mientras hablaban con él, poco a poco iba subiendo la temperatura y un Juliano, bastante impulsivo, se abalanzó sobre el Moretti solitario y se enzarzaron en una tremenda pelea. Los dos cayeron al suelo y apareció de la nada el líder de los Moretti, Octavio, dispuesto a acabar con sus rivales, pero César le dio dos puñetazos que lo tiraron al suelo. Entonces fue cuando oyó el grito y se volvió y vio una sombra que volaba hacia él: era Marco.

Marco tenía el ojo izquierdo morado, lo que hizo deducir a César que los Moretti le habían pegado una paliza para que estuviera de su lado. César paró la pelea y tranquilizó a Marco y lo acompañó a su casa ante la sorprendida mirada de los miembros de ambas bandas, que no daban crédito a lo que veían sus ojos. Cuando llegaron a la casa, Marco le contó lo que le hicieron:

—Me dijeron que tenía que matarme y al negarme, me pegaron y me patearon el estómago una y otra vez hasta que accedí a hacerlo. César, te juro que es verdad, que tenía miedo de otra paliza.
—No te preocupes. Te creo.

Ambos se levantaron de las sillas y se abrazaron. Cuando salieron de la casa, Octavio les estaba esperando, apuntó a César con su revólver y le disparó, pero Marco se puso delante de César salvándole la vida.

—Por eso todos los años venimos al cementerio a traer flores a la tumba de Marco, hijo mío, por eso venimos siempre.

Juan Ángel Correa Prada

Entiéndame

Allí estaba. Una mujer con el cuerpo quemado, amoratado, ensangrentado y lleno de barro. La mujer llamaba, entre lágrimas, a la puerta del comisario de policía de un pueblo junto al lago. Una mujer que, después de ver cómo unos adolescentes, de entre catorce y dieciocho años, torturaban y mataban a su marido, además de torturarla a ella en medio del bosque, logró escapar gracias a la ayuda de uno de los chicos, uno al que llamaban Juan. Cuando llegó a la casa, moribunda, la familia que habitaba en ella se quedó perpleja al ver el estado en el que se encontraba. Con la ayuda de todos, la llevaron hasta la ducha para que lavara y curara sus heridas.

Alguien abrió la puerta, era Enrique, el jefe de la pandilla de adolescentes, el que le pegó un tiro a Miguel, el marido de la mujer que en ese mismo momento se lavaba en la bañera. Cuando la mujer salió de la ducha y vio a Enrique, regresó corriendo a encerrarse en el cuarto de baño. Todos, extrañados, le preguntaron al chico que de qué la conocía. Este le contó lo sucedido a su familia.

El padre del chico, el comisario de policía, al oír lo sucedido se dirigió hacia el cuarto de baño y mientras estrangulaba a la mujer con la goma de la ducha le dijo:

—Entiéndame, lo tengo que hacer por mi hijo.

Raúl Canchado Vázquez

Besos

Es hora de hablar de los gestos que consiguen agrandar y acelerar ese algo del pecho como si de una bolsa en manos de alguien que hiperventila se tratase. Hablar de besos.

Besos tiernos,
besos sinceros,
besos tímidos,
besos inocentes,
besos por todo el cuerpo,
besos escalofriantes,
besos robados,
besos rogados,
besos mojados,
besos compasivos,
besos escondidos,
besos románticos,
besos inventados,
besos alocados,
besos apasionados,
besos extasiados,
besos espontáneos,
besos más que esperados,
besos desganados,
besos equivocados,
besos reconciliados,
besos de amor

muchos besos,
todos los besos.

Sofía Álvarez Catela.

Todo había cambiado

Como todas las mañanas su madre le llevaba el desayuno a la cama. Esa mañana su madre acompañó el desayuno con una mala noticia: Matías había sido atropellado por un coche. Ana pensó que su novio había muerto, pero su madre le dijo que se encontraba en el hospital.

Ana decidió ir a visitar a su novio para ver el estado en el que se encontraba. Fue acompañada de Lucas, el mejor amigo de Matías. Él estaba destrozado, pero a Ana parecía darle igual, incluso, pensó que tal vez se lo merecía, por haberse enfadado con ella el día de su cumpleaños.

En la habitación estaba Matías rodeado de sus familiares. Matías tenía un aspecto terrible. Su cara estaba completamente deformada y todo su cuerpo vendado. A ambos le dieron la triste noticia de que Matías se encontraba en un coma del que posiblemente no despertase. Ana se puso algo nerviosa y decidió marcharse. Lucas corrió detrás de ella.

Todo había cambiado y Ana aún no lo sabía. 

Familiares y amigos de Matías iban diariamente a visitarlo y darle todo el apoyo posible. Ana, sin embargo, mantenía su rutina, no mostraba ningún interés, ya que, para ella, los novios son como un juego y esta partida ya había acabado.

Ana comenzó a quedar con Lucas. Supuestamente para tomar tan solo café, pero entre ellos dos comenzó a surgir una cierta atracción. Un día, ella se arriesgó y le dio un beso y, aunque esperaba un no por respuesta, fue todo lo contrario. En ese punto a ninguno de los dos le preocupaba el estado en el que se encontraba Matías. Ambos decidieron empezar una relación a escondidas, aunque, al cabo de los meses la gente, especialmente los familiares de Matías, empezaron a darse cuenta.

Todo les va muy bien hasta que Matías despierta. A ellos les empieza a entrar el agobio y a sentirse culpables por lo que habían hecho. No sabían cómo decírselo y discutían y discutían porque cada uno tenía un punto de vista diferente. Llegaron al acuerdo de decírselo cuando estuviera prácticamente recuperado.

Pasó el tiempo y la pareja estaba extrañada por no recibir ninguna llamada, ningún mensaje, ninguna carta de Matías. Ambos supusieron que ya se habría enterado y no querría saber nada de ellos. Aún así, decidieron ir a su casa para no quedar como unos cobardes.

Llamaron a la puerta. Abrió él. Estaba solo en casa. Matías al verlos se quedó un poco impactado y con una cara extraña, no por la situación, sino porque no los recordaba. Su cara lo expresaba todo, esto es: nada. Lucas y Ana dijeron que se habían confundido.

Sherezade López Pérez

Angustia

Tan sólo eran las seis de la mañana. Ya comenzaba a amanecer. Los primeros rayos del sol traspasaban el grueso cristal de la ventana de su habitación y se reflejaban en los cristales oscuros de las gafas que permanecían en su mesilla. Tan sólo quedaba una hora para que el joven se levantara para empezar una semana muy dura. La última semana del curso. Después de un rato se sintió angustiado, con unos sudores que no eran normales. Su cuerpo no le obedecía. No podía mover ni uno solo de sus músculos. Justo en ese momento, una lágrima, redonda y salada, se escapó a cámara lenta de su ojo derecho.

Mario Sayago López

Mundos imaginarios

Quique iba, a esas horas, por esa calle tan estrecha y oscura. Una calle por la que cualquier persona normal no se atrevería a pasar a las diez de la noche. Pero él no tenía opción, iba a su casa. Nunca le fue necesario pasar tan tarde por esa calle, pero ese día se retrasó un poco y se le hizo de noche. Al final de la calle había cinco personas que tenían pinta de pertenecer a uno de esos grupos chungos. Las cinco personas, todas muy jóvenes, le causaban mucho respeto. El pánico se apoderó de él y empezó a temblar. Su cabeza se disparó imaginando mil situaciones diferentes. El sudor empapó su frente, su camiseta. Él comenzó a cruzar la calle, iba con un paso bastante ligero para terminar con el sufrimiento. Pasó al lado de ellos y nada, pero, cuando ya se disponía a girar para ir a la otra calle, uno le dijo:

—Oye, chaval, ¿tienes hora?

Quique se giró y le dijo la hora para pasar el mal trago cuanto antes. Entonces, justo antes de volverse, el mismo que le preguntó la hora, le dio un golpe en la cabeza. En ese momento quedó inconsciente.

Se despertó en un lugar extraño. Una habitación que se parecía mucho a la suya, pero que no había visto nunca. Quique estaba encerrado entre cuatro paredes y ni se imaginaba dónde podía estar. Intentó recordar lo que sucedió ayer, pero no fue capaz. Más tarde, el que le dio el golpe entró en la habitación.

—Oye, dónde estoy —dijo Quique.

El chico le dio una calada a un cigarro y dijo:

—No lo sé. La imaginación tiene estas cosas.

Raúl Carrasco Vázquez

Vida de cine

Era el verano de 1960, mi padre y yo decidimos ir al cine de uno de los pueblos cercanos al nuestro. Cuando el director de la sala puso en funcionamiento el proyector y empezó la película, nos dimos cuenta de que la familia protagonista era la nuestra. En la pantalla se veía a mi padre y a mí ir al cine a uno de los pueblos cercanos al nuestro. Luego se veía cómo el director de sala ponía en funcionamiento el proyector y en la pantalla se veía a nuestra familia, en concreto, se veía a mi padre y a mí yendo al cine de un pueblo cercano al nuestro…

Francisco José Íñigo

La talla S

Mírala, está enorme. Su parecido con el de una vaca es sorprendente. Se ha comido dos hamburguesas, —no tenía suficiente con una—, de postre un helado de tarta de queso y, como tampoco tenía suficiente, después se ha comido cuatro onzas de chocolate con leche. En serio, mírala, esa que está en el espejo no puedes ser tú. Vale, nunca fui de las más delgadas de mis amigas y nunca llegué ni siquiera a ponerme una talla cuarenta, pero Marta Pérez nunca ha estado como ahora, en serio, me doy asco al verme en el espejo, me dan unas ganas tremendas de llorar, porque lo peor de todo es que miro a mi alrededor y veo a mis amigas tan delgadas y guapas… A ellas los chicos sí las miran y les regalan sonrisas que derriten. En cambio a mí, cada vez que me miran sonríen como riéndose de mí. Lo más gracioso es que mi madre insiste en que estoy demasiado delgada, en los huesos me suele decir ella. Me ha llevado a un médico para demostrarme que lleva razón en esa estúpida idea suya y, para colmo, el médico está de acuerdo con ella. Según él, soy un caso de bulimia en estado avanzado. Tonterías, si yo tuviera bulimia, lo sabría, porque estaría extraordinariamente delgada y eso, para mi desgracia, no es así. Soy una bola de grasa andante. Mamá insiste en que lo mejor para mí es meterme en una clínica, pero soy mayor de edad. Con mis bonitos dieciocho años ya no puede mandar más sobre mí y ni loca voy a entrar en esa clínica donde estaría rodeada de chicas delgadas que sólo harían recordarme lo gorda que estoy. Pero yo ya he tomado mis medidas. Tengo un método fantástico para adelgazar: vomito absolutamente todo lo que como. Si mi cuerpo no asimila nada, se supone que no habrá grasa y que seré, por fin, delgada, aunque cada vez que me miro en el espejo me veo igual de gorda. Bueno, supongo que con el tiempo dará resultado.

Ya me he mirado suficiente tiempo en el espejo y ya me doy suficiente asco, así que voy al baño a hacer mi truco para adelgazar. Tengo que tener cuidado. Desde que el médico le dijo a mamá esa estúpida idea de que soy bulímica, está todo el día detrás de la puerta para ver si me escucha vomitar, aunque nunca ha conseguido escuchar nada. De todas maneras me hizo prometerle que no lo haría, pero, en fin, qué más da, no se va a enterar.

—¡Marta, baja a por tu hermana para darle un baño que yo no puedo!
—¡Ya voy, Mamá!

Bajo la escalera. Voy a la cocina y lo primero que encuentro es la ropa de mi hermana en el suelo. Bien, ya empezamos mal. Levanto la vista y veo a la jodida niña en pelota picada sentada en su sillita y en vez de un ser civilizado que come con la cuchara el helado de chocolate, ella ha decidido darse un baño con él. Cuando me ve, chilla y sale a correr por todo el salón. No me queda otra que ir detrás de ella. En cuanto ve que la sigo, se dirige a la puerta de la calle, la abre y sale. Estas cosas sólo me pasan a mí. Estoy corriendo detrás de una niña imbécil desnuda por la calle, y cuando logro cogerla, ella ríe como una loca. Por fin llegamos a casa y mi madre sale a nuestro encuentro con cara de espanto.

—¡Pero cómo dejas que salga así a la calle! Además, no te dije que la bañaras —grita mi madre.

Vale, me acaba de tocar la moral.

—¡A mí no me grites! Si no querías que tu hija saliera corriendo como una neurótica por la calle, haberla bañado tú.

Le doy a mi madre mi hermana, que ya ha empezado a hacer pucheros para que no la castiguen y subo las escaleras. Voy directamente al baño. Cierro la puerta. Echo el pestillo y me arrodillo delante del WC. Estoy tremendamente cansada por haber ido detrás de mi hermana. No se fue muy lejos, pero, con lo gorda que estoy, no puedo correr ni medio metro sin cansarme. Me llevo los dedos corazón e índice a la boca. Ya empiezo a sentir las desagradables cosquillas en la garganta y consigo con éxito que mi método de adelgazamiento funcione. Satisfecha conmigo misma, salgo del baño y me dirijo a mi habitación. Me miro en el espejo y, aunque aún siento asco de mí misma, estoy un poco mejor. Estoy convencida de que tarde o temprano usaré la talla S.

Susana Martínez Pérez

La lluvia

Estoy en una ciudad destruida. Camino por la calle procurando no pisar los cadáveres.

Dentro de una casa, una madre mece a su hijo que no para de llorar. Ella sabe que sus balanceos no le calmarán. El hambre y el miedo no se calman con un simple balanceo. Aun así no deja de abrazarle. En la escena aparece una niña pequeña. Tiene tres años.

—Vuelve a la cama, Teresa —dice la madre, incapaz de mirar a su hija mientras llora.

Pero la niña no puede dormir. Otras noches el ruido de las balas y los obuses no conseguían despertarla. Hoy, un silencio de lo más molesto no le deja dormir. Guernica va a ser cubierta por una lluvia de bombas incendiarias. Se puede decir que quedará empapada.

Giuseppe, soldado de las Brigadas Internacionales, está lejos de su pelotón.

—Pepe, te dije que era una mala idea acompañarme hasta mi casa. Podrías meterte en problemas por abandonar a tus compañeros.
—¡Ay, María! No quedará puesto alguno después de esta maldita guerra. Además, es demasiado peligroso para una mujer atravesar una ciudad en guerra —responde el italiano.
—Sería peligroso hasta para el mismísimo demonio, pero he de estar con mi familia. Mi madre está sola con mis hermanos.

Ambos caminan por la calle atravesando la extraña calma. Ella mira hacia delante, abriendo paso por las calles desiertas. Él la mira a ella. Intenta conservar su imagen.

—Aquí es —dice María señalando una vieja puerta de madera.

En ese momento ella se gira y lo mira. Ambos sueltan el poco equipaje que cargan. Se aproximan lentamente. Se detienen a medio camino, sobre el único charco de la calle. Los zapatos chocan con el agua y se mojan. Él sujeta sus caderas. Ella cruza las piernas en su espalda. «Tanto tiempo deseando levantar esta falda de cuadros», piensa Giuseppe. «Ya era hora de que me empotrara contra una pared», piensa María.

Si pudiéramos mirar al cielo veríamos, sobrevolando la ciudad de Guernica, el destello producido por una nube de Junkers JU-52. Dirijámonos al último de ellos. En su interior se encuentra Adler, un soldado de aviación a las órdenes del III Reich. El joven tiembla sólo de pensar que llegará la orden de ataque en cualquier momento. Es la primera vez que sale de Alemania. Sólo piensa en volver a casa, con su mujer y con su hija pequeña, Theresia. La orden llega. Por un momento Adler imagina que no pulsa el botón. Imagina las casas que sobrevuela, piensa en las personas que hay dentro, piensa en Teresa, en Juan, en María, en la madre de estos niños, en Giuseppe. Piensa en su mujer y en su hija. De pronto, estos pensamientos son interrumpidos por una voz procedente de la emisora:

—Suelten las bombas, muchachos, y enseguida estarán en casa con sus familias. Dios y el Führer están con nosotros.

Adler reflexiona. «Si Dios está con nosotros, ¿quién está con los de ahí abajo? En lo que respecta al Führer, no lo veo por ningún lado». Adler presiona el botón y suelta las bombas.

Bajo el cielo iluminado, esa madre sin nombre abraza a sus dos hijos, recordando a María. «Ojalá esté lejos de aquí», piensa. Fuera, en la calle, María abraza a ese italiano que le ha traído esta guerra. En una última escena vemos un beso interrumpido y los rostros de terror de dos jóvenes mirando hacia arriba.

Camino entre cadáveres y escombros por las calles de Guernica. Me dirijo al fin. Busco desesperado una señal de vida, aunque sé perfectamente lo que voy a encontrar. Cuando estoy frente a mi casa, de la que sólo queda en pie el marco de la puerta, encuentro el cadáver de María en la calle, abrazada a un uniforme de soldado. Entro en lo que fue mi casa. Busco a mi mujer entre los escombros y encuentro su cuerpo inmóvil junto al de mis otros dos hijos. Les limpio el rostro y los beso.

Felipe Núñez Sánchez

Siempre

Todos los días, ella iba a tomar un café con su mejor amigo quince minutos antes de que comenzara su trabajo. El camarero siempre le traía una taza de café caliente y la muchacha lo dejaba a medias porque siempre tenía que irse, siempre tenía prisa.

Por motivos que ahora no interesan, ella cambió de trabajo y se marchó de la ciudad. El camarero y la chica dejaron de verse.

Treinta y cinco años después, la muchacha era ya una mujer madura, a punto de cumplir los sesenta. Por asuntos de trabajo, debía volver a su vieja ciudad y había decidido visitar a su viejo amigo y a sus viejos recuerdos. Al tocar la puerta de la casa salió un hombre con canas que rápidamente la reconoció. Se besaron y lo primero que acordaron fue ir a tomar café al mismo bar de siempre.

En la cafetería todo seguía igual. Las mismas mesas, el mismo mostrador, los mismos camareros. Todo era igual, pero diferente. Habían pasado muchos años. Se sentaron en la mesa de siempre, al lado de la cristalera, y los dos empezaron a contarse cómo había sido su vida hasta justo antes de este reencuentro.

Cuando la señora se terminó el café, encontró escrita en el fondo de la taza una pregunta: «¿Te quieres casar conmigo?» La señora le preguntó a su mejor amigo:

—¿Qué es esto?
—No tengo ni idea —respondió.

De repente, se percataron de la presencia del camarero al lado de su mesa. El camarero dijo:

—Escribí esa pregunta hace cuarenta años. Esperaba todos los días a que te terminaras de tomar tu café y decirte lo mucho que te quiero. Pero, hasta hoy, nunca lo hiciste.

 

Noelia Lindo Vázquez

Cosas de niñas

Carla iba paseando. No quería perder detalle. Tenía que captarlo todo. Los ojos parecían que se le salían de la cara.

—¡Abuelo! ¡Mira ese árbol! ¿De quién es? ¡Abuelo! ¡Mira esa mujer! ¿Quién es?
—Ese árbol siempre ha estado ahí. Es el árbol de Modesto. El papá de tu amiga Marta. Vive en esa casa de ahí al lado, y cuida del árbol porque está en su puerta. Y la mujer es la abuela de Marta —le contestó su abuelo.
—¡Abuelo!¿Y adónde va la abuela de Marta?
—Pues irá a por el pan.

Así pasaban las mañanas Carla y su abuelo cuando no había colegio. Manuel, el abuelo, iba esos días a casa de Carla para pasear con ella, y ella estaba encantada porque su abuelo le contaba muchas cosas y le explicaba todo lo que le preguntaba. Tras el paseo, Carla corrió hacia su madre para contarle todo lo que había visto.

—Mami, Abuelo dice que el papá de Marta tiene un árbol que cuida en la puerta de su casa, y la abuela es la que compra el pan. ¿Por qué no tiene el árbol el papá de Marta en el patio de su casa? ¿Por qué no sacamos nosotras las macetas a la calle?
—¿Cómo va a ser eso?
—¿Por qué no va la mamá de Marta a por el pan?
—Carla, hija, tranquilízate un poco, anda. Mira, no podemos sacar las macetas a la calle porque alguien se puede tropezar. El árbol no será del papá de Marta, sino que lo habrán sembrado los del ayuntamiento, y al tenerlo el papá en la puerta de su casa, pues lo regará. Y el pan lo compra la abuela porque su mamá no podrá.

Carla se quedó pensando en por qué cuida el papá el árbol y no el jardinero que lo plantó, y no halló respuesta. A pesar de esa duda, dejó a su madre que siguiera con sus tareas y se puso a jugar sin poder olvidarse del árbol ni un momento.

—Carla, nos vamos —ordenó su madre.
—Vale —dijo Carla. Y deprisa guardó los juguetes.

Isabel, su madre, montó a Carla en el coche y se dirigieron a casa de la abuela.

—Hola, abuela.
—¡Mi niña! ¿Dónde vas?
—Abuela, el papá de Marta no tiene macetas en casa, entonces se ha quedado con el árbol que tiene en la puerta de la calle y lo riega.
—¿Y eso?
—No le hagas caso —dijo su madre.

Carla se quedó conforme y dejó que su abuela y su mamá hablaran a solas en la cocina mientras ella jugaba en el salón.

Ya sé lo que voy a hacer, se dijo así misma Carla, en el cole le voy a decir a Marta que no hace falta que su padre cuide del árbol, porque yo le voy a llevar uno pequeño que tiene papá en el patio para que lo pueda tener en su casa. Y seguía con su pensamiento cuando su madre le recordó que debían de volver a casa. No puso ningún inconveniente. Recogió los juguetes, se despidió de su abuela y se montó en el coche de su madre. La madre estaba sorprendida al ver que Carla no hablaba.

Al día siguiente, Carla amaneció más temprano que de costumbre. Decidió meter la maceta pequeñita en su mochila sin decirle nada a su madre. Al poco tiempo se volvió a dormir como si nada hubiera pasado. A las ocho y media su madre la despertó. Carla sin decir ni una palabra se fue al colegio como todas las mañanas.

En el recreo, como siempre, se encontraba jugando con su amiga Marta y ahí decidió decirle que tenía un regalo para su padre.

—Marta, cuando llegues a casa le das esto a tu padre de mi parte.
Marta un poco pasmada por el regalo, decidió coger la maceta y llevarla a clase.
—Gracias, Carla, cuando llegue se la daré.

Al llegar a casa, Marta recordó el regalo que le debía dar a su padre de parte de Carla.

—Hola, papá, Carla me ha dado esto para ti.
—¿Qué es esto?
—Es una maceta pequeñita.

El padre de Marta la cogió y pensó que serían cosas de niñas.

 

María Sayago Pina.